“Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, dice la canción de Joaquín Sabina. Sin embargo, por alguna extraña razón, da igual cuantas veces volvamos a pasearnos por el Final Fantasy VII, ya que la experiencia sigue siendo igual de sobrecogedora que la primera vez.

Corría el año 1997 cuando Square presentaba en sociedad el videojuego que ponía patas arriba nuestro mundo. El Final Fantasy VII se plantaba en el universo Play Station con una propuesta totalmente rompedora. El juego de rol nos permitía movernos por todo un mundo cargado de roncones y secretos a través de su ya famoso sistema: escenarios locales, batallas y mapamundi. Todo un horizonte de posibilidades para disfrutar por todo lo alto.

Final Final VII

Cuando vendes más de una decena de millones de copias, es que la cosa te ha salido bien. Imposible poner en tela de juicio las incontables virtudes del videojuego. Sin embargo, hay una razón clara por la que Final Fantasy VII sigue siendo, más de 20 años después de su lanzamiento, el mejor videojuego que nos hemos encontrado. Y es que, como salta a la vista para cualquiera, nunca la narrativa de un videojuego había sido tan potente.

AVALANCHA es un grupo ecoterrorista que lucha para evitar que la peligrosa corporación Shinra controle el mundo, ya que está acabando con la vida del planeta en pro de sus intenciones de usarla como fuente de energía. A ellos se unirá un joven mercenario llamado Cloud Strife. Los lazos entre el chico y el resto de personajes que se irán uniendo al grupo se convierte en el epicentro de una historia perfectamente trazada. Fantasmas del pasado, épica, nostalgia e intrigas se convierten en los ingredientes de una trama capaz de arrancarte las lágrimas y ponerte el vello de punta en muchas ocasiones. Impresionante trabajo.

Final Final VII
Como suele decirse, la calidad de nuestra historia se mide por la calidad del villano. Y Sefirot es una puñetera maravilla. Carisma y misticismo a raudales rodean a una figura que se convierte en la parada final de nuestro camino. Un paseo sobre chocobos y entre materia, que podríamos pasarnos la vida repitiendo.

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