Buena barba, pelazo, 1,90 metros de músculos y, como no, un caso con cuernos. Cuando pensamos en los vikingos, rápidamente nos viene a la cabeza la figura de estos legendarios guerreros nórdicos. El imaginario colectivo de todos tiene muy interiorizado el aspecto de unos tipos que, durante la temprana Edad Media, la liaban parda allá donde ponían sus pies y sus hachas. Efectivamente, hablamos de un tiempo en el que realidad y leyenda se mezclaban a partes iguales, pero del que tenemos algunas cosas bastante claras.

Efectivamente, los cascos de los vikingos nunca llevaron cuernos. Cierto es que impresiona más la idea de ver a esos fieros guerreros con un buen par de cuernos en la cabeza, cual toro salvaje. Sin embargo, jamás se ha encontrado un casco de la era de los vikingos en el que se pueda apreciar alguna clase de resto de cuerno. De hecho, tampoco hay muestra alguna en los cascos en cuestión de que alguna vez hubiesen llevado cuernos. Ni huecos para engarzarlos, ni muescas, ni nada…

¿De dónde viene entonces la idea de este tipo de cascos? Pues, según parece, tenemos que viajar unos cuantos siglos para encontrar su origen en el lugar más insospechado: La ópera. Al parecer, la puesta en escena de las obras de Wagner empezó a introducir este elemento, popularizándolo hasta el punto de que hoy todos pensamos que los cascos de los vikingos tenían cuernos.

Si os fijáis, ninguno de los personajes de la genial serie Vikingos lleva este elemento. Y es que un mínimo de rigor histórico lo impide.

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