“¡Libertaaaad!”, gritaba Mel Gibson en la escena cumbre de Braveheart. La secuencia no podía ser más épica, ya que su William Wallace miraba de frente a la muerte, pero no le temblaba el pulso ni un instante. Basta con recordar el momento para que el vello de los brazos se erice ante tan digno final para una figura revestida de misticismo y épica.

Lo que pasa es que el William Wallace real las paso mucho más canutas que nuestro querido Mel. De hecho, no estaba para mucha “libertad” ante el festival de horror y casquería que le tenían reservado por su delito de traición al Rey. Se ve que al héroe escocés no le explicaron demasiado bien lo que podía ocurrirle en caso de plantarle cara a Eduardo I de Inglaterra, un tipo de humor regularcillo.

¿Cuál era la pena por traición al Rey? Pues, así para ir tomando contacto, te desnudaban, te ataban a los talones de un caballo y te daban un paseo a rastras por Londres. De hecho, la ruta del horror iba desde el Palacio de Westminster hasta Smithfield. Cierto es que la cosa suena chunga, pero una broma al lado del proceso de ejecución que venía después. Y es que este es el punto en el que debéis dejar de leer si os queréis quedar con la imagen del William Wallace cinematográfico, porque no vais a volver a mirar al personaje con los mismos ojos.

Con los honores propios de un tipo tan odiado por aquellos lares, William Wallace era ahorcado desde una altura insuficiente para romperle el cuello. Posteriormente se le descolgaba, justo antes de ahogarse. Se le cortaban entonces los genitales, continuando con el proceso reservado a la alta traición en el siglo XIV. Wallace era eviscerado y sus intestinos se quemaban mientras observaba, todavía vivo. Así, con el héroe escocés hecho ya un guiñapo, el procedimiento terminaba con una decapitación.

Ya con Wallace muerto, su cuerpo se cortaba en cuatro partes: Su brazo derecho terminaba en Newcastle, el izquierdo en Berwick, el pie derecho iba a Perth y el izquierdo se enviaba a Aberdeen. Para culminar, la cabeza de William Wallace se sumergía en alquitrán y se colocaba en una pica. Mejores vistas imposible, ya que su destino era el puente de Londres. Ahí es nada…

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