Si algo tiene el ser humano, eso es una capacidad infinita para el mal. Efectivamente, la imaginación vuela que da gusto a la hora de causar el mayor daño posible a congéneres. De hecho, no son pocos los casos en los que pueden llegar a sorprendernos las argucias diseñadas para enriquecer esa gran afición nuestra a la guerra.

Con el paso de los siglos, los conflictos bélicos han ido mutando en su forma (que no en su fondo). Cada guerra nos enseña nuevas formas de hacer el mal y, sobre todo, de eliminar enemigos. “Más y mejor” es el lema de todo buen abanderado de la muerte. De hecho, estas últimas décadas estamos asistiendo al auge de las guerras biológicas, apostando por el uso de agentes patógenos como armas. Venenos, toxinas, microorganismos… Toda opción es buena. Así, pese a la prohibición expresa de Naciones Unidas, no son pocos los países que, en la actualidad, cuentas con armas químicas en sus arsenales.

El asedio a Kaffa
El asedio a Kaffa

Siempre hay una primera vez para todo, y esto de las guerras biológicas no es una excepción. En el año 1346, Kaffa (la actual Teodosia) ocupaba un lugar estratégico de cara al comercio de seda, especias y esclavos. El asentamiento se antojaba de lo más goloso para la poderosa reunión de es tribus mongolas llamada la Horda de Oro. Ante los muros de Kaffa, los recién llegados no tardaban en darse cuenta de que la empresa no sería sencilla. Comenzaba así un asedio que era roto varias veces por los aliados de la ciudad. Finalmente, los invasores optaban por cargar cadáveres de víctimas de la peste en sus catapultas y lanzarlos al interior de Kaffa. La falta de higiene, ratas, pulgas y demás se encargaban de hacer el resto del trabajo. ¿El resultado? Una ciudad que se convertía en el primer foco de la peste negra en el corazón de Europa y, muy probablemente, la primera guerra biológica de la historia.

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