La vida es una compañera extraña. A la que te descuidas, te saca del viaje de la forma más inesperada. No distingue a ricos de pobres, ni a guapos de feos. Da igual lo que hicieses en tu tiempo, porque en un abrir y cerrar de ojos puede decidir que tu tiempo ha terminado. Si no, que le pregunten a Isadora Duncan.

Seguramente fuese la figura más importante de la historia de la danza. Esta bailarina y coreógrafa nacida en San Francisco en 1977 precisa de poca presentación. Una leyenda que, sin embargo, veía como su vida se quebraba en un instante y de la forma más extraña y ridícula imaginable.

Isadora Duncan

Era el 14 de septiembre de 1927. Isadora Duncan viajaba en un descapotable por una carretera que bordeaba los acantilados de Niza. Era la viva imagen del glamour, con sus gafas de sol y una elegante y larguísima chalina liada al cuello. Ya podemos imaginar la estampa del chal ondeando al viento que cortaba el espectacular Bugatti (parece que era un Amilcar GS, pero preferimos la versión más distinguida). Sin embargo, la tragedia sobrevenía en cuestión de segundos. Exactamente, el tiempo que la chalina tardaba en engancharse en la llanta del vehículo, estrangulando a la mujer.

Efectivamente, Isadora Duncan moría a los 50 años en un descapotable sin que mediase accidente alguno. El increíble final de la gran bailarina de la era moderna y de toda una leyenda.

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