Parece increíble imaginar que un desastre de semejante calibre pudiese producirse en una de las grandes ciudades del mundo. En el año 1.666, una de las peores catástrofes de la historia se producía en el corazón de Europa. Y es que, entre el 2 y el 5 de septiembre de ese mismo año, un incendio de proporciones épicas reducía a cenizas gran parte de la ciudad. Unos días absolutamente dramáticos.

No era extraño encontrarse con algún edificio en llamas por aquellos días. El hecho de que se apostase por fuegos abiertos como foco calefactor provocaba incidentes de este tipo de firma frecuente. Sin embargo, un pequeño descuido de un panadero cuyo negocio se encontraba en Pudding Lane provocaba que se liase parda, parda.

Se tuvo que desalojar la ciudad entera. Y es que el destino jugaba de forma salvaje con Londres, ya que impresionantes rachas de viento cambiante iban propagando las llamas por doquier. Más de 13.000 casas, casi un centenar de iglesias, varias prisiones, cuatro puentes la Catedral de San Pablo y hasta el mismo ayuntamiento eran presa de un fuego que dejaría en la calle y sin hogar a casi 100.000 londinenses. La cifra de muertos se fijó en unas 15, pero todos los estudios apuntan a que fueron centenares, ya que la mayoría de víctimas era gente pobre que pudo acabar calcinada.

El que se vino a llamar El Gran Incendio provocaría una enorme catástrofe humanitaria ante la falta de alojamiento para muchísimos habitantes. Las revueltas se sucedían al mismo tiempo que los linchamientos a extranjeros, a los que se acusaba de haber provocado el incendio. Al menos sirvió para erradicar la Peste bubónica, ya que el “saneamiento” fue de lo más radical.

La ciudad tardó años en volver a ser la misma, pero aprendió la dramática lección. El Acta de Reconstrucción, aprobada en 1667, preveía una buena lista de medidas para evitar que se repitiese la mayor catástrofe de la historia de la ciudad.

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