Eso de pasarse de listo es cosa arriesgada. Cuando uno trata temas o desarrolla labores que controla a la perfección, no hay problema. La cosa cambia en el momento en el que te lanzas a la piscina sin tener nada claro si hay agua. “Zapatero, a tus zapatos”, se les suele decir a los que se meten en terrenos ajenos a su especialidad.

Efectivamente, la expresión la hemos escuchado en incontables ocasiones. Una frase que le debemos al famoso pintor de la Grecia antigua Apeles. En sus días, el artista era uno de los más cotizados, llegando incluso a ser reclamado por Alejandro Magno. Era Apeles un hombre de gran talento, pero también con la suficiente humildad como para escuchar las opiniones de la gente y mejorar en su trabajo. De hecho, acostumbraba a exhibir públicamente sus cuadros para ver si gustaban a la gente y si procedía cambio alguno.

Así las cosas, según cuenta Plinio el Viejo, en una ocasión en la que Apeles sacaba sus cuadros a la calle, un zapatero se acercaba a él. Al parecer, el trabajo con las sandalias del pintor no era del gusto del zapatero. Aceptando de buen grado la crítica, Apeles decidía modificar este elemento de uno de sus cuadros. Hasta ahí todo bien.

Un tiempo después, con la modificación del diseño de las sandalias ya realizado, Apeles volvía a exhibir su cuadro en la plaza. El zapatero de la anterior ocasión volvía a cercarse a él, criticando otros elementos del cuadro. Ante tales comentarios, Apeles decidía poner fin a los excesos del hombre y, de paso, acuñar una frase que pasaría a la historia hasta incrustarse en nuestro lenguaje diario: “zapatero, a tus zapatos”, le dijo.

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