No hay lugar del mundo en el que no se conozca a Jon Snow y compañía. Pese a llevar más de dos décadas en nuestras librerías, Juego de Tronos ha visto como su fama alcanzaba el nivel de fenómeno después del lanzamiento de la serie de la HBO. Y es que la saga de George R R. Martin encontraba su entorno ideal en una cadena que siempre ha apostado por un contenido más arriesgado de lo imaginable. La violencia o el sexo contenidos en Canción de Hielo y Fuego se trasladaban a la pequeña pantalla con enorme acierto. El mundo de fantasía creado por el autor se hacía realidad.

Toda historia tiene un comienzo. Obviamente, la imaginación de George R.R. Martin es un don, pero la inspiración para la obra nacía en un viaje al norte de su amada Gran Bretaña y en un muro que allí encontraría.

El muro Juego de Tronos

Efectivamente, el elemento más representativo de Juego de Tronos es el famoso Muro, la enorme construcción de hielo que separa los Siete Reinos de las tierras salvajes. Ese era el primer detalle que el novelista marcaba en la creación de su saga. A la mente le venía, de forma constante, la imagen del Muro de Adriano. La muralla se levantaba entre los años 122 y 132 por orden del emperador, con una extensión de 117 kilómetros y recorriendo la isla de este a oeste. Sus cuatro metros de altura tenían el objetivo de defender los territorios britanos de la salvaje tribu de los Pictos y el quebradero de cabeza que suponía para el Imperio. Una fortificación defensiva hoy todavía apreciable.

Muro de Adriano de Gran Bretaña

Los paralelismos entre la construcción real y la imaginada por George R.R. Martin resultan evidentes. Hubo un tiempo en el que nuestro mundo tenía enormes similitudes con el de Juego de Tronos. Lo único que hacía falta era la creatividad de un tipo con la suficiente imaginación como para introducir algunos dragones y darle el giro de tuerca que lo convirtiese todo en una historia imponente.

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