Esto del teatro no es cosa barata. De más sabemos que hay que dejarse una pasta para asistir a las obras más llamativas, de ahí que seamos especialmente críticos con lo que se nos ofrece. Y es que, cuando te dejas 30 o 40 euros por una entrada, nuestro nivel de tolerancia a la frustración se reduce drásticamente.

Especialmente complicada se hace la vida si eres aficionado a los musicales. En este caso ya tienes que pedir una hipoteca si quieres cubrir tu necesidad básica de ver a gente bailando y cantando sobre el escenario. De ahí que la exigencia en piezas como Billy Elliot sea más que elevada. “Ya puedes dejarme satisfecho, Billy”, piensas cuando un insensible rompe tu entrada a las puertas del madrileño Teatro Alcalá.

Billy Elliot

¿Por qué decir todo esto? Pues porque no es fácil estar a la altura de las expectativas en musicales como Billy Elliot. Sin embargo, la adaptación de la sensacional película de Stephen Daldry es una puñetera maravilla. Los prejuicios y el difícil contexto económico de un pueblo minero inglés en la década de los 80 vuelven a ser los elementos alrededor de los cuales se construye la historia. Sin embargo, todo se convierte en un espectáculo sin parangón.

Billy Elliot el musical

Con una puesta en escena brutal (edificio de tres pisos incluido), el director David Serrano tira de un grupo de jovencitos de talento asombroso y de veteranos que cortan el hipo para redondear la ecuación. Y es que, si Carlos Hipólito nos sorprende gratamente en un rol tan alejado de los habituales, Natalia Millán está para hacerla emperatriz de Lavapiés. Emoción a raudales. Si a todo eso le metemos música de Elton John, el resultado no puede ser otro que el mejor musical de cuantos han pisado Madrid.

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