La compañía teatral La Zaranda representó hasta el 30 de abril en el Teatro Español su nueva función Ahora todo es noche. Es cierto que conociendo la historia de la compañía y sabiendo qué quieren contar con la función en relación con su trayectoria artística, el significado de la obra cambia. Pero a priori la información que nos llega de la obra es otra. Quién haya tenido la oportunidad de ir a verla sabrá que ha sido muy afortunado de ver la historia de tres hombres sin techo que tratan de hallar un sentido a su existencia. Que avanzan tratando de dejar tras de sí una vida que lo único que posee es absurdo y vacío. ¿Qué puede llenar una vida que se basa en un viaje hacia un techo en ninguna parte?

“Ahora todo es noche” | La Zaranda

Sin duda ha sido una experiencia sublime. A todos los niveles artísticos es una maravilla. El texto, la iluminación, la escenografía, la dirección e interpretación crean una combinación perfecta para zambullirte en este viaje. Pero la elección del tema que se trata hizo que me plantease varias cuestiones que tienen que ver con los límites del teatro y con nuestra hipocresía como humanos acomodados. ¿Hasta qué punto es correcto representar una obra de teatro que trata sobre personas que jamás podrán acceder a ver dicho espectáculo? ¿Hasta qué punto es positivo que nos podamos sentir con la suficiente seguridad como para reírnos desde las butacas por la absurdez de esas tres vidas?  Por supuesto que el teatro tiene que hacer una crítica y tiene que sacar a flote los problemas humanos y de la sociedad. Pero la pobreza es un tema que está por completo sin resolver. Un problema tan visible que nos esforzamos por no ver. Salimos a la calle y seguramente sea de las primeras cosas que vemos. Esta es una de las razones por las que ver esta obra crea una sensación tan agridulce. Es algo que no está resuelto, hay una incoherencia muy clara en nuestro compromiso con la humanidad.

Estamos sentados en nuestra butaca (o en un banco con nuestros colegas) y vemos en la distancia a una de esas personas que tratan de sobrevivir. Lo vemos desde la distancia y nos fascina incluso la vida que lleva, su comportamiento. Nos fascina o abruma cómo trata la realidad, cómo la ve. Desde la distancia. Siempre desde la distancia. Y cuando salimos del teatro, cuando nos vamos de ese banco, si hemos prestado atención, si hemos podido llegar a comprender mínimamente ese mundo, lo sentiremos más cerca. Los sentimos más cerca y es ahí cuando se inicia una lucha para volver a cerrar los ojos, para poder vivir de nuevo con tranquilidad. Porque ver duele y lo que ellos ven duele sin duda mucho más.

 

 

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