La artista catalana lo tiene casi todo: una voz angelical, profesionalidad al cantar, estilo, actitud, a la élite artística del país y a la mayoría del público joven a sus pies, ser parte de la playlist de las Kardashian, de Dua Lipa y de Halle Berry, una sonrisa brillante y muchas horas de curro y entreno que se traducen en shows y actuaciones de calidad. En una sociedad en la que todos queremos vivir como estrellas del pop americano muchos diréis que eso lo es todo, y sí, casi lo es. Casi. Pero milennials y demás melómanos enganchados a las listas más top de Spotify que quizá aún no hayáis explorado el inmenso, fascinante y rico universo musical, hay cosas que el dinero no compra ni comprará jamás.

Rosalía en el videoclip De Plata | Fuente: Global Flamenco

Cuando te ficha un sello como SonyMusic es que te has pasado el juego. Todas las puertas se te abren: puedes tener los mejores videoclips, los mejores estilistas, los mejores coreógrafos, petar YouTube, las listas internacionales y hasta llenar estadios. Pero no hay que olvidar que el objetivo principal de los sellos discográficos y de la industria musical es hacer dinero. Si vendes, y si, además, vendes mucho, no es tan importante el talento, no entra el arte en el debate. Hay cantantes que desafinan por norma con mansiones y yates a su nombre. Pero no quiero meter el dedo en la yaga. Rosalía se ha convertido en una superestrella haciéndolo bien, eso es innegable, y todo indica que la cantante puede llegar a ser la nueva figura internacional de la música española. Hasta ahí todos de acuerdo.

Fotograma del videoclip de Malamente
Fotograma del videoclip de Malamente | Fuente: Sonar Barcelona

¿Pero es verdad que la denominada “trapera flamenca” lo tiene todo? No. No lo tiene todo. Porque hay cosas que van más allá, mucho más allá que el dinero, el marketing, el hype y el brillo. Pese a quien le pese. Puedes ponerte una mantilla y puedes tocar las palmas, puedes cantar todo el repertorio flamenco del siglo XX, puedes especializarte en fandangos y seguiriyas, y puedes clavar cada nota, pero eso no te dará el alma. La historia, la herencia, la calle, el desgarro, la raza, eso son cosas intangibles que no se pueden comprar.

Y eso es lo que hace al flamenco un género tan distinto, tan del pueblo y tan poco de los sellos, tan de patios, de naranjos, de alberos y callejas. El que es flamenco de verdad lo es encima del tablao y bajo las luces, pero sobre todo fuera: en sus calles, entre sus palmas y guitarras y quejidos del alma que regala a la luna. Camarón no era Camarón sólo cuando cantaba. Camarón era flamenco de la cabeza a los pies desde que se levantaba hasta que se terminaba la fiesta con la primera luz del alba. Y puede que Rosalía cante flamenco, pero de flamenca no tiene nada. El duende, el soplo no lo compran las “views”. Y es que el dinero puede comprarlo casi todo. Casi todo amigos, pero no el alma.

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