Vivimos en la época de lo prefabricado. Los humanos cada vez hacen menos y las máquinas cada vez más. El mundo tiende hacia la perfección a costa de dejarse por el camino la creatividad y la originalidad. Lo hace refugiándose en automatismos y en la tecnología y alejándose cada vez más de lo que nos hace humanos: las imperfecciones. Pero por mucho que intentemos ser máquinas la realidad es que no lo somos, es así, tu cantante favorito no sabe cantar.

Podríamos referirnos al mundo de la música con muchos términos pero, al final, de lo que estamos hablando principalmente es de un negocio. Como la mayoría de los negocios a gran escala en la actualidad se basa en un principio muy simple: maximizar beneficios. Para ello, reducir los costes siempre y cuando se mantenga la mayor calidad posible del producto para resistir ante la competencia. Aquí está gran parte del problema, en qué términos medimos la calidad musical. Un fan de Drake no tendrá el mismo criterio musical que un seguidor de Enrique Iglesias, o quizá si, y así podríamos hacer una lista infinita con miles de “artistas” y estilos.

Por suerte, tenemos métodos objetivos para interpretar y clasificar la realidad a día de hoy. Dejando a un lado la subjetividad y el sentimentalismo (o eso creemos) nos basamos en medir la técnica (o tecnología) y los valores que creemos objetivos. Así, en el mundo de la música se mira el “que suene bien”, “que suene comercial” y “que suene perfecto”. Es básico estas tres etiquetas para ir hacia arriba en la escalera de la industria musical.

El ya célebre autotune, software ampliamente conocido y utilizado para modificar la melodía y la entonación procedente de la voz del cantante, ha pasado de usarse puntualmente para determinadas canciones y determinados momentos, a usarse en discos completos y en actuaciones en directo. Así de “falsa” es la gran mayoría de la música de hoy en día, no puedes “confiar” en las grabaciones de estudio pero, lo que es peor, tampoco puedes “confiar” en actuaciones en directo. Es decir, puedes pagar 30/40 euros por ver a uno de tus grupos favoritos en concierto y la mayor parte de lo que vas a escuchar está ampliamente modificado y arreglado. Vamos, que te pones el disco en casa, en unos buenos altavoces, tumbado en el sofá y te lo escuchas mejor y de forma mucho más placentera. Eso sí, no satisfaríamos esa necesidad contemporánea de ver a nuestro ídolo y su coreografía de baile y sentirlo real y cercano. Ya poco importa la melodía, la letra o la interpretación, mejor la tecnología, la imagen y los efectos visuales (para eso hablamos de música…).

Cuando hablamos de autotune o playback no nos limitamos a los David Bisbal, Beyoncé, Justin Bieber y compañía, por desgracia. Hasta Muse, que tuvo un momentazo cuando en una televisión italiana les obligaron a hacer playback (cambiándose los instrumentos entre los miembros de la banda)ha caído en el pecado en otras ocasiones.

Concretamente en TVE, en aquel programa llamado MúsicaSI (y playback también).

En este mundo de falsedades y “trajes nuevos del emperador” mantened los ojos abiertos, los oídos más aún y dejad de pagar mucho dinero por grupos y “artistas” conocidos pero mentirosos. Las salas pequeñas están llenas de desconocidos sinceros que necesitan de vuestra ayuda para salvar la música. Y si no quieres salir de casa, pues ya (tu) sabes…siempre nos quedará Freddy…

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