“…Y ahora me dicen que ha escrito usted Luz de agosto, la novela de Faulkner, ¡de William Faulkner! ¿No podía haber usted plagiado a otro? ¿Es que no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?”. Así de rotundo era el Cabo Gutiérrez al que interpretaba José Sazatornil en Amanece que no es poco. Pues, en La Web de la Cultura, la devoción es similar. Que nadie nos toque a William Faulkner, porque no respondemos.

La literatura universal del siglo XX resulta incomprensible sin un hombre que plagó de exuberante talento los días del blanco y negro. En esos tiempos en los que un “influencer” lo era por su capacidad para hacer crecer al mundo, un sureño de manual iba a darle un manotazo al globo terráqueo para que girase más rápido de lo habitual. Y es que, desde La paga de los soldados (1926), muchos empezaban a darse cuenta de que ese tipo tenía la capacidad de meterse por caminos inexplorados hasta el momento.

William Faulkner

De esos que nacen y mueren en su tierra, William Faulkner lograba eso que distingue a los que van un poco más allá. Y es que, a la hora de sentarse ante su máquina de escribir, allí no había más límite que el tiempo. Se podía reflexionar en compañía de los sentimientos de un personaje, pero también moverse por distintos momentos temporales. Así nacerían El ruido y la furia (1929), Luz de agosto (1932), Las palmeras salvajes (1939) o esa endiablada y adusta disección del oscuro destino humano realizada en El villorrio (1940).

William Faulkner murió un 6 de julio. Seguramente, la humedad sureña y el olor a alcohol impregnaban el cuerpo de un hombre que siempre encontró buenas compañías en el interior de las botellas. Era 1962 y tenía 64 años. Para ese entonces ya había firmado un par de decenas de novelas y más de un centenar de relatos. Tenía un Nobel de Literatura y los guiones de Tener y no tener o El sueño eterno a sus espaldas. Aún así, era demasiado pronto. Lo que el mundo todavía no sospechaba es que todo aquello iba a tener su eco en la eternidad. Y es que la obra de Faulkner marcaba a unos jovencitos apellidados García Márquez o Borges. Nuestra única oración sigue siendo a William Faulkner, que estás en los cielos…

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