Me gustan las novelas realistas. A veces, es curioso o divertido o interesante o entretenido ( esas son las fases que detecto como lector de ese tipo de experimentos literarios) asomarse a la vida de los escritores. Esas rara avis que sienten más, parecen sufrir más. Algunos beben más. Son fantasmas que se levantan cuando los demás nos acostamos. Y otras, son criaturas como tú y como yo. Tienen zapatillas de estar en casa de marca blanca y pasan duelos como el que más. Ahora bien: ¿todo es curioso/divertido/interesante/entretenido? La medida de las cosas. Dijo Cicerón que en el medio está la virtud. Sabía lo que decía.

Marta Sanz
Primer plano de la escritora Marta Sanz

Terminada la última novela de Marta Sanz, Clavícula, pienso en esa proporción. Una cosa es esa mirilla hacia el mundo de  los escritores y otra, un rosario de enfermedades propias y ajenas desgranadas con un detalle agotador. Entre los viajes de placer y las visitas a los especialistas, se desgranan en una hipocondríaca redacción todos los síntomas de la autora. Todos sus miedos. La relación con su marido (correos electrónicos incluidos) y con sus padres, ya mayores. Las regañinas. Asistimos incluso al recordatorio de los fluctuantes ingresos del gremio de los escritores, con números y cifras. No hay más historia ni trama que esa. La obsesión de la autora por una enfermedad imaginaria que la acosa vaya donde vaya. Hemos viajado, ido al médico, leído correspondencia y nada más. Cicerón niega con la cabeza y los ojos cerrados. Te has pasado, Marta.

Ah, por cierto: Está sana y salva, tranquilos.

Pd amplio: me gusta la novela y la poesía de Marta Sanz. Lección de anatomía es un ejercicio genial de autobiografía. De desnudo, de autopsia literaria. Cicerón asiente complacido.

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