Hay un número considerable de escritores de ciencia-ficción, Ray Bradbury ocupa habitualmente un lugar entre ellos aunque, a decir verdad, más parece un escritor de literatura fantástica que de ciencia-ficción ya que no aborda el aspecto técnico-científico de esa literatura sino que su estilo se desliza  hacia el ámbito poético. La fantasía, sin embargo, le permite situar las acciones en lugares alejados de la Tierra como Marte. Sí pertenece al campo de la ciencia-ficción su interés por las distopías y la crítica social que suelen conllevar. Fahrenheit 451,publicada en 1953, una de sus más conocidas novelas, que fue llevada al cine en 1966 por François Truffaut, es un buen ejemplo de distopía. Alerta sobre los peligros de la tecnificación excesiva en la sociedad y sobre el dominio extremo de los medios de comunicación. En una sociedad que se dedica a quemar sus libros, la idea de un grupo de personas ocultas en  bosques remotos con la misión de memorizar las mejores obras literarias de la humanidad para que no se olviden es, ciertamente, de un romanticismo conmovedor. Quizá pensaba Bradbury, ingenuamente, que la literatura puede salvar al mundo, a pesar del pesimismo que destilan sus obras.

Bradbury gafas
Ray Bradbury | Fuente: NewYorkTimes

Otro aspecto peculiar de este curioso escritor  es la atmósfera de ensoñación que se filtra en todas sus obras. En la más famosa, Crónicas marcianas (1950), una colección de relatos en torno a la conquista del planeta rojo, sorprende esa sensación de somnolencia de los personajes y las acciones que suple todos los aspectos científicos de la conquista. No hay muchos detalles de los grandes viajes interespaciales ni de las grandes naves para realizarlos, sólo unos personajes humanos llegados al planeta nuevo, que parecen levitar sobre su superficie. Aunque al final reproducen los mismos miserables esquemas sociales de la Tierra. Nada que ver con un programa de televisión lleno de frikis.

Bradbury escribió también otra colección de historias entrelazadas, menos conocidas que las mencionadas arriba, pero que abundan en sus obsesiones de siempre al  reflexionar desde la fantasía sobre la ética y la conducta humana. Se trata de El hombre ilustrado (1951), que es un curioso personaje con el cuerpo cubierto de tatuajes inquietantes porque están vivos. Cada imagen mágica tatuada empieza a desarrollar su propia historia: «El hombre ilustrado se movía en sueños. Se volvía a un lado y a otro, y con cada movimiento una escena nueva comenzaba a animarse, y le coloreaba la espalda, el brazo, la muñeca».

Dice Bradbury en el prólogo de estas historias que: ««Qué pasaría si» es el término operativo para muchos de estos cuentos». Por ejemplo, «Qué pasaría si un hombre pudiera encargar un robot marioneta que fuera una réplica exacta de sí mismo», o «Qué pasaría si aterrizas en un mundo lejano justo el día en que Cristo se ha marchado a otra parte», o «Qué pasaría si puedes crear un mundo dentro de un cuarto, que cuarenta años más tarde será llamado la primera Realidad Virtual…» Estos son algunos de los inicios de los maravillosos cuentos que la imaginación de Bradbury creó. Sirvió de inspiración a escritores y directores de cine posteriores, no cabe duda. Él decía que cuando escribía esperaba encontrarse con H.G.Wells o tener la compañía de Julio Verne, quería seguir su estela y añadía: «Cuando trabajo en un espacio viviente entre los dos, entro en éxtasis». Mucha imaginación y mucha reflexión sobre lo más profundo del ser humano, son los principales ingredientes de las grandes historias de Bradbury. Nunca pasa de moda.

 

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