Es Oscar Wilde un romántico o un profeta, ambas cuajan bien con él. Vivió en una época difícil para ser homosexual y por esto tuvo que exiliarse de Inglaterra, teniendo que dejar allí a su amor ideal inmigrando a Francia. Jamás volvió a Inglaterra.

Es cierto que su mujer, al prohibirle ver a sus hijos, como pasa siempre que la Vida nos pone a prueba, consiguió que se retase a sí mismo, logrando a través del arte la respuesta a las heridas del alma. Pero el dolor jamás le abandonó. Pudiendo así comunicarse con ellos mediante cartas. En cada una había un cuento donde les enseñaba una lección de Vida como por ejemplo: el amor al prójimo, la justicia, a ser leales, la importancia de la dignidad humana, y entre otras saber que la base de todo es el AMOR.

La felicidad es un estado mental donde lo fundamental es invisible a los ojos. Ahí radica la esencia: en alimentar este órgano que mantenemos despistado con la vida diaria. Eternamente joven, alegre y feliz a través del arte y de la literatura es posible.

El Príncipe Feliz es un claro ejemplo de amor al prójimo donde la belleza y el valor de las personas está mucho más allá de sus apariencias y del aspecto exterior. Otro cuento cortito y muy bonito es El Ruiseñor y la Rosa. Una historia que conmueve desde el principio, donde un ruiseñor está dispuesto a sacrificar su vida para que un hombre consiga el amor de una mujer. Solemos pasar por alto los pequeños detalles sin percatarnos que estos son los más importantes, lo esencial de la Vida es saber vivirla. La cuestión de la belleza siempre está presente de varias formas y colores; aquí se vislumbra que a una mujer no se la ama porque sea bella, si no que es bella porque se la ama.

Y es que Oscar Wilde sabe llevarte al huerto.

 

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