En esta época del imperio de la corrección política, en la que se impone lo Femenino: literatura de mujeres y para mujeres, arte de y para mujeres, teatro de y para mujeres y un largo y tedioso etcétera, no está de más recordar a algunas escritoras que se han ganado su sitio en la historia, no por una cuota, sino por un talento verdadero.

Es el caso de la norteamericana Edith Wharton, cuyos cuentos completos se han publicado este año en la editorial Páginas de Espuma, con cierto eco en los ambientes literarios, en los que, como ya he dicho antes, es ahora  obligado hablar de las escritoras. Sin embargo, esta mujer es un caso singular porque se declaraba abiertamente antisufragista lo que no le impedía dedicar gran parte de sus relatos a realizar una crónica de la clase alta neoyorquina en la que critica a una sociedad misógina que recluía a las mujeres en el ámbito doméstico cercenando todas sus ambiciones. Esto sucedía a finales del XIX en cualquier país del mundo “civilizado” donde todos los  personajes femeninos que se dejaran llevar por la libertad lo pagaban caro. Era imposible sustraerse a las convenciones sociales, que se lo pregunten si no a Anna Karenina o a Madame Bovary.

El feminismo que no da asco de Edith Wharton
Edith Wharton con sus perretes | Fuente: Literary Hub

Edith Wharton nació en Nueva York en 1862 y murió en 1937, escribió más de cuarenta libros y decenas de relatos además de exponer diversas teorías sobre el arte de la narración. Viajó por todo el mundo, la propusieron tres veces  al premio Nobel, fue la primera mujer en ganar un Pulitzer con La edad de la inocencia, la primera en recibir un doctorado Honoris Causa en la Universidad de Yale, una de las primeras en obtener la separación de su marido. Fue reportera de guerra en una moto y también una de las primeras mujeres en tener coche propio. Para las mujeres de principios del XX tener coche propio era el mayor símbolo de libertad e independencia. Es famoso al respecto el autorretrato de Tamara de Lempicka mirando fuera del lienzo con orgullo mientras conduce su Bugatti verde:

Tamara de Lempicka conduciendo un Bugatti verde
Tamara de Lempicka conduciendo su Bugatti verde | Fuente

Son  mujeres que vivieron un cambio profundísimo en la concepción de su papel en la sociedad. Wharton no se declaraba feminista pero con su vida y su obra hizo más por la libertad y la igualdad de las mujeres que muchas activistas. Apenas un siglo antes Mary Wollstonecraft había escrito Vindicación de los derechos de la mujer  donde argumentaba que las mujeres no son inferiores a los hombres y deben recibir la misma educación y ser tratadas como los seres racionales que son, idea escandalosa en ese momento que sentó las bases del feminismo. Wharton recoge esa reflexión: resolver los problemas del corazón con la cabeza; la razón y el sentimiento no van separados, el sentimiento no prima siempre sobre la razón en las acciones femeninas, y, en todo caso, la formación es la clave para el desarrollo y la independencia de las mujeres. Todo ello no impide que sus cuentos revelen una gran finura y profundidad psicológica al abordar las relaciones humanas y las conductas femeninas desde un punto de vista muy contemporáneo y, por tanto, nada habitual en su época.

En Almas vencidas, uno de sus cuentos, la protagonista Lydia viaja con su amante por Europa y en un hotel se ven obligados a fingir que son un matrimonio por las convenciones sociales. Pero ella no quiere casarse a pesar de haber conseguido el divorcio: “Ninguno de los dos cree en esa cosa abstracta que es el “sagrado” matrimonio(…) ¿qué sentido tendría casarnos?” y añade: “¿Recuperar(…) el aprecio de personas cuya moral convencional siempre hemos menospreciado y detestado?“. El hombre no lo entiende, le desconcierta el discurso de una mujer que razona sus emociones.

El feminismo que no da asco de Edith Wharton
Edith Wharton con cara de: ¿cuánto dices que es la baja por paternidad?

En otro cuento fantástico La plenitud de la vida, la protagonista conversa con el “Espíritu de la Vida”  después de la muerte de su marido. Se les tenía por una pareja feliz. Sí, apreciaba a mi marido, dice la esposa, como “aprecio a mi abuela” o “la casa en la que nací y a mi vieja nodriza” y a continuación explica con una curiosa simbología la profundidad de su alma:”A veces he pensado que la naturaleza de una mujer es como una casa enorme llena de habitaciones: está el vestíbulo donde uno recibe a las visitas formales; la sala de estar, donde los miembros de la familia entran y salen según llegan; pero allá, mucho más allá, existen otras habitaciones cuyas puertas quizá nunca se abren; nadie conoce el camino hasta ellas, nadie sabe adónde llevan; y en la habitación más íntima, el sanctasantórum, el alma se sienta a solas y espera oír unos pasos que nunca llegan.” Y el Espíritu le pregunta: “Y tu esposo, ¿nunca pasó de la sala de estar familiar”. “Jamás”, contestó la esposa.

Edith Wharton habla en sus cuentos de todas esas mujeres que a lo largo de los siglos se han visto obligadas a esconderse en su “habitación”, a fingir que no piensan y no comprenden el mundo y a las que no se les han dado “armas” para luchar por su independencia porque se les ha negado durante siglos lo esencial, la posibilidad de aprender en igualdad. Educación en igualdad es la clave. ¿Por qué sigue la sociedad empeñada en tutelar a las mujeres?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.