El tema del amor es inagotable y eterno dentro de la poesía y de la literatura en general, así que vale la pena recordar a otro gran poeta enamorado, al que, además, no se le termina de hacer justicia en este país, ingrato para sus escritores, que es España. Por eso no nos cansamos de recordarlo cada vez que tenemos la menor ocasión. Porque es un poeta excepcional, a la altura de todos los que figuran en las listas de insignes poetas en castellano en las que no incluyen, a veces, al gran autor oriolano.

Se trata de Miguel Hernández. Es decir, tragedia, fuerza y pasión. El poeta combatía en el frente de la Guerra Civil y escribió esta hermosa Canción del esposo soldado para su esposa Josefina Manresa, publicada en su libro Viento del pueblo.

Es un poema de amor y lucha. De amor y reivindicación política. De amor y reivindicación de la justicia social con un ritmo poético virtuoso, lleno de imágenes excepcionales. Ese es uno de sus grandes méritos porque, en ocasiones, la poesía social se olvida del arte en favor del mensaje y se convierte en poesía prosaica, de escaso valor literario.

Sin embargo, Miguel Hernández consigue, una vez más, comunicar el contenido político  con una emoción que llega a lo más profundo del corazón del lector, el cual se ve inmerso en un torbellino de metáforas y adjetivos rotundos que ponen los pelos de punta. Por medio de ese lenguaje brutal se transmite una verdad incuestionable: el poeta creía firmemente en lo que decía. Todo es de verdad en él. Eso es lo que le llega al que lo lee y lo que está al alcance de muy pocos escritores, sólo de los mejores.

Por si esto fuera poco, el poeta se permite el lujo de incluir referencias a la tradición poética clásica española: San Juan de la Cruz: “saltos/de cierva concebida” o Quevedo: “en un océano de irremediables huesos/ tu corazón y el mío…“. En medio del barro de las trincheras aparece la mística de lo sublime. Genial.

Canción del esposo soldado

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio ni fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

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