Para disgusto de muchos coleccionistas de culebrones clásicos hemos de aclarar que los episodios referentes a las famosas hijas del Cid son también inciertos. Cierto es que el Cid tenía dos hijas. Ahora bien, no se llamaban Doña Elvira y Doña Sol sino Cristina y María. E igualmente, no sufrieron tales afrentas en el robledal de Corpes y sus matrimonios fueron, desde sus orígenes, afortunados : se casaron con importantes nobles cristianos. Cristina con el infante Ramiro Sánchez de Pamplona; su hermana María con el conde de Barcelona Ramón Berenguer III.

El único descendiente varón, Diego, perecerá en las duras batallas contra los almorávides. El propio Cid, tras años de batallas pacificando la península y gobernando Valencia, muere en 1099 en esta misma ciudad. No fallece nuestro héroe en un conflicto armado sino que muere con más de 50 años, edad avanzada para la época y más para un hombre curtido y herido en numerosas batallas.

Fue enterrado, con gran pompa como se merecía en la catedral de Valencia. Sin embargo, el avance de los almorávides provocó el traslado de los restos a San Pedro de Cardeña por orden expresa de Jimena. En este monasterio no tendrán tampoco eterno descanso, pues sucesivas obras y remodelaciones provocan que los restos de ambos esposos, una vez fallecida Jimena, se cambien en distintas ocasiones de lugar.

Para enrevesar más el asunto, durante la ocupación francesa de principios del siglo XIX, las tropas napoleónicas saquearon el edificio, llevándose también los restos cidianos, al considerarlos valiosos históricamente. Con la derrota de los franceses, algunos restos volvieron al monasterio. Las posteriores desamortizaciones provocaron una nueva diáspora de los restos.

En 1921 lo que quedaba de aquellos restos fue enterrado en el crucero de la Catedral de Burgos. Es una tumba discreta que hace constar su nombre de pila y fecha de la muerte. Descansa igualmente en la catedral el llamado «arcón del Cid» que, contaba la leyenda, utilizó el héroe para guardar tesoros y pertrechos. En realidad, es posterior al Cid y debió utilizarse para guardar documentos del cabildo.

Séquense las lágrimas.

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