Miguel Hernández fue un poeta con mala suerte, sólo así se explica el poco reconocimiento que tuvo en vida y después de muerto.

Mejor poeta, más auténtico que muchos escritores de la Generación del 27, con una voz propia que se reflejaba en sus poemas cultos, o populares, o militantes. Su obra en verso, de un lenguaje portentoso que traspasa el papel, todo lleno de vísceras, porque  revuelve las tripas del que lo lee. Y así debe ser y así lo quería él que se lanzaba a tumba abierta a todo.

El rayo que no cesa

Se abre con “un carnívoro cuchillo”; las alusiones a los huesos, la carne, la sangre son numerosas a lo largo del libro. Desesperación amorosa, el amor ha removido al poeta que no puede con ello y tiene que gritarlo en esos poemas, a veces excesivos, a veces terribles y siempre verdaderos porque surgen de su corazón, con un lenguaje brillante y poderoso.

Miguel Hernández leyendo
Miguel Hernández leyendo. | Fuente: El Independiente

Pero parece que siempre se encontraba fuera de lugar. No estaba de lleno con la Generación del 27. Miguel Hernández admiraba profundamente a Lorca. En numerosas ocasiones le escribió y Lorca respondía por compromiso pero parece ser que la personalidad “rústica” e impetuosa del de Orihuela le producía alergia. No lo tomaba en serio, era como si no fuera “de los suyos”.

Durante la guerra le pasó lo mismo. Estuvo luchando en el frente mientras otros poetas e intelectuales se quedaban discutiendo en casas cómodas en Madrid. Muchos huyeron al exilio, él no pudo. Rodó de cárcel en cárcel, cada vez más enfermo, sin que se pusieran los medios para curarlo y al final, en la cárcel número 12 de su recorrido, el Reformatorio de Adultos de Alicante, falleció el 28 de marzo de 1942. Este famoso soneto 6 de El rayo que no cesa, escrito en su plenitud, parece un triste augurio del final:

Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena es mi paz y pena mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos y penas llevo por corona,
cardos y penas siembran sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
rodeada de penas y de cardos:
¡cuánto penar para morirse uno!

1 Comentario

  1. Es sin duda mi poeta favorito. Todavía se me ponen los pelos de punta al recordar como mi profesor de primero de la ESO, Don Paco, leyó Elegía a toda la clase… Sus poemas llegan a una parte íntima y se quedan para siempre.

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