La narrativa norteamericana a lo largo del siglo XX ha marcado en buena medida la pauta de la renovación de la literatura occidental. Guerras, pérdida de valores espirituales y también capitalismo extremo y progreso en una nación implacable que no perdona los errores. En este entorno se sitúa la generación Beat.

Años cincuenta. Sociedad americana victoriosa en la gran guerra. Triunfalismo y consumismo. La juventud estadounidense adora a Elvis Presley, busca el “sueño americano” y, a la vez, el país, invadido por una ola de conservadurismo, inicia la “caza de brujas”: contra los que disienten, comunistas o lo que fueran, de ese modelo americano triunfal. Opuestos a esta sociedad contradictoria, los jóvenes “golpeados y cansados”, los beatniks, proponen otros ideales, o mejor, ningún ideal. Los llamaron así para burlarse de ellos. Pero ellos se burlaban del “sueño americano” que generaba frustración e infelicidad. La música, las drogas y los escándalos son inseparables de estos jóvenes que buscaban otro mundo y otras formas de expresión. Poetas como Ginsberg o Corso y novelistas como Jack Kerouac y William Burroughs.

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Viviendo el sueño americano.

Jack Kerouac es el icono de la contracultura beat y su novela On the road (En el camino), publicada en 1957, escrita entre 1948 y 1949, una especie de guía de esta generación. El libro relata el viaje del autor, junto a Ginsberg y Cassidy, hasta Méjico. Atraviesan Estados Unidos en un periplo enloquecido con encuentros extraños, alucinaciones, alcohol, marihuana, sexo, camaradería, improvisación. Angustia, desolación, desorientación. Y la presencia de una América real que no tiene nada que ver con lo que las instituciones oficiales vendían.

El relato no tiene término medio: lo odias o te entusiasma. Es necesario entrar en ese caos y en la desolación que propone Kerouac para apreciar lo que cuenta y lo que se desprende de esa maraña de sucesos aparentemente incoherentes. En realidad, son la metáfora de una sociedad que ha perdido los valores que la sustentaban y camina hacia la destrucción pero ¿a quién le importa?.

Su particular proceso de escritura es una de las aportaciones brillantes de Kerouac. Muchos críticos han comparado su prosa con el jazz-bop de Charlie Parker. Como en este tipo de música, su escritura semiautomática, Kerouac la llamaba prosa espontánea, se basa en variaciones e improvisaciones sobre un tema apoyado por ritmos rápidos y recurrentes. De ahí la impresión caótica que produce, hay que dejarse llevar por su ritmo.

Quizás no sea una literatura para todos los públicos  pero su visión del mundo, pese a su aparente confusión, es de una clarividencia poco común.

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