La conjura de los necios es uno de esos libros que llaman de culto. Desde luego toda su peripecia es extraordinaria. Se escribió a principios de los años 60 y su autor era un desconocido llamado John Kennedy Toole. Tenía una gran fe en la maestría de su novela pero no consiguió que se la editaran. Parece ser que ese fracaso y su frustración como escritor contribuyeron a su temprano suicidio a la edad de 32 años, en 1969. Y la cosa podía haber quedado ahí: otra víctima de la literatura, del fracaso y de la incomprensión de sus contemporáneos como  muchos más que hoy son considerados geniales.

Pero John tenía una madre, como todo el mundo, una madre con mucha fe en su hijo muerto, que decidió dedicarse en cuerpo y alma a conseguir que la novela se publicara. Y lo consiguió, tarde, en 1980, a sus 79 años, pero lo consiguió. Una editorial universitaria de Louisiana, no muy prestigiosa ni que le prometiera un gran éxito, la publicó. Y por esos azares mágicos e imprevisibles de la literatura, la obra alcanzó en pocos meses un éxito sin precedentes, consiguiendo en 1981 el premio Pulitzer. Además  la crítica fue unánime, alababa la novela como si de una obra maestra se tratara. La compararon con los clásicos más grandes: Cervantes, Dickens, Swift…

John Kennedy Toole y su madre
John Kennedy Toole y su madre | Peter Many

Desde luego, la novela es única. Políticamente incorrecta, con situaciones disparatadas que provocan sonrojo y carcajadas.

El protagonista, Ignatius Reilly, es el paradigma del antihéroe, pero no en el sentido picaresco del término, sino porque es imposible que el lector se identifique con un ser tan feo y desquiciado. Es uno de los grandes aciertos del libro. Walker Percy, el escritor norteamericano, lo define muy bien en el prólogo de la edición española: “Ignatius Reilly, intelectual, ideólogo, gorrón, holgazán, glotón, que debería repugnar al lector por sus gargantuescos banquetes, su retumbante desprecio y su guerra individual contra todo el mundo: Freud, los homosexuales, los heterosexuales, los protestantes y todas las abominaciones de los tiempos modernos.”  Es una especie de Tomás de Aquino enloquecido en la ciudad de Nueva Orleans desde la que inicia su particular cruzada contra todo. Y detrás de todas las peripecias hay una demoledora denuncia de un siglo y de una sociedad carentes de decencia, de ética, de “teología”. Hay un descontento profundo en un mundo, que es feo, según el propio Ignatius, lo que resulta un broma macabra viniendo de un ser tan poco agraciado. El resto de los personajes parecen sacados de la parada de los monstruos, disparatados, neuróticos, variopintos.
A lo largo de toda la acción se filtra una gran tristeza, a pesar de las risas que provoca. No es que Ignatius no encaje en el mundo, que también, es que tiene su propia lógica extraña que hace que choque continuamente con la realidad. Como si no entendiera nada de lo que sucede. De hecho, no entiende el mundo y no le gustan sus normas. Es como un Don Quijote neurótico y gordo. Y como él provoca entre ternura y tristeza, además de ganas de abofetearlo en no pocas ocasiones.

La Conjura de los necios portada
La Conjura de los necios portada

La conjura de los necios es una tragicomedia o una farsa, no se puede encuadrar en un género preciso porque recoge elementos de todos, hasta de la “commedia” (el género italiano). El hecho es que disecciona cruelmente el mundo pero divierte con un humor muy particular, porque nada es lo habitual en esta obra maestra. Todo es original y, a la vez, recoge una gran cantidad de influencias de obras clásicas, pero pasadas por un tamiz que las desfigura y las lleva a lugares inusitados.

Hay una frase de Johnathan Swift al principio del libro que ilustra la peripecia del autor y su obra, y su tragedia también: “Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”

Puedes pedir el libro aquí al mejor precio.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here