Siempre que abordo algún tema que supera mi tiempo, dudo. “Historia del ojo” se trata muchas veces como referente de la literatura erótica mundial y por los siglos de los siglos. Bien, si este mismo libro se editara ahora, me atrevería a decir que pasaría inadvertido. Es más, quizá ni lo metería dentro del saco de literatura erótica. Ni ahora ni a principios de siglo XX.

Georges Bataille

La primera edición original del libro, en francés, se publicó en 1928: ¡Ahí sí que tenía mérito! Georges Bataille escribió una obra basada en las experiencias sexuales de dos adolescentes nada comunes. Simone y su compañero se exponen, se doblan, se mean, se corren y hasta asesinan juntos; sin embargo no hay amor en el libro.

Hay un sentimiento compartido de exprimir, de investigar, de intentar descubrir dónde está el límite y cuál es la frontera entre lo real y lo inventado; lo agradable y lo asqueroso; lo muerto y lo que vive. Quizá esa es una de las mayores obsesiones por debajo de las líneas principales (aunque no siempre): La obsesión con la muerte; más aún, ¡la obsesión con la vida!

Georges Bataille, historia del ojo
Georges Bataille

En cualquier caso, tampoco calificaría esta obra de magna ni universal ni nada parecido (como si tuviera autoridad para…). Me parece un experimento muy interesante que indaga también en la propia vida del escritor y en la transformación de sus experiencias vitales en metáforas en personajes de ficción, como él mismo explica al final del libro. Si vas buscando una literatura que no se te vaya de las manos, “Historia del ojo” no es tu libro, salvo que tengas alguna especie de fetichismo particular con los huevos (si, los huevos de gallina), la muerte o los ojos en sí.

La escena del cura

La escena de cierre del libro con el cura es la mejor parte del libro y sí que merece una breve reseña, para que te hagas idea de cómo va este libro. Si te apetece leerlo, ya es cosa tuya:

“Simone le preguntó:
—¿Cómo te llamas?
—Don Aminado – respondió el cura.
Simone abofeteó a la carroña sacerdotal, haciéndola tambalear. Luego la despojó totalmente de sus vestiduras, sobre las que Simona, acuclillada, orinó como perra. Luego lo masturbó y se la mamó, mientras que yo orinaba sobre su nariz. Al llegar al colmo de la excitación, a sangre fría enculé a Simone que mamaba con furor.
Sir Edmond contemplaba la escena con su característica expresión de hard labour (sic); inspeccionó con cuidado la habitación donde nos habíamos refugiado. Descubrió una llavecita colgada de un clavo.
—¿De dónde es esta llave?, le preguntó a Don Aminado.
Por la expresión de terror que contrajo el rostro del sacerdote, Sir Edmond reconoció la llave del Tabernáculo.
(…)
Simone le asestó un gran golpe en el cráneo con la base del cáliz, sacudiéndolo y acabando de atontarlo. Luego volvió a mamársela, lo que le produjo siniestros estertores. Habiéndolo llevado al colmo de la excitación de los sentidos, lo movió fuertemente, ayudada por nosotros, y dijo con un tono que no admitía réplica:
—Ahora, ¡a mear!
Volvió a golpearlo con el cáliz en el rostro; al tiempo que se desnudaba delante de él y yo la masturbaba.
La mirada de Sir Edmond, fija con dureza en los ojos imbecilizados del joven sacerdote, produjo el resultado esperado; Don Aminado llenó ruidosamente con su orina el cáliz que Simone sostenía bajo su gruesa verga.
—Y ahora, ¡bebe!, exigió Sir Edmond.
El miserable bebió con éxtasis inmundo un solo trago goloso. (…)”

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