«Señor doctor Juan José Martínez: Tengo en mi poder el cerebro de Rubén Darío ¿Quiere Ud hacer el estudio?- Rosario v. de Dario». Este es el telegrama que recibió el doctor Martínez y que, efectivamente, le remitía Rosario Murillo, viuda oficial del insigne astro de las letras nicaragüense. Conviene aclarar que ser viuda fue más sencillo que esposa, pues el propio matrimonio fue forzado, a base de whisky y pistola, por el hermano de Rosario, un general de los que abundaban y mandaban mucho y mal en la época.

La rocambolesca historia que se esconde detrás de ese mensaje no tiene desperdicio. El 6 de febrero de 1916 fallecía el padre del modernismo poético Ruben Darío. Una cirrosis hepática, muy modernista ella también, desgastaba su vida finamente en la ciudad de León. Hasta aquí, todo poético y normal. Pero hete aquí que, por aquel entonces, la frenología, la «ciencia» que trataba de establecer conductas y personalidades a partir de las características cerebrales, seguía teniendo firmes seguidores.

Tras la autopsia, el cerebro de Rubén es extraído por los dos cirujanos que se encargan de su embalsamamiento. De repente, una figura en la sombra aparece súbitamente. Atrapa el cerebro de Rubén entre sus manos y sale corriendo a la calle. Es su propio cuñado, Andrés Murillo. Los médicos, recuperados del susto, corren tras él, lo alcanzan y se enzarzan en una pelea. El cerebro cae al suelo, deformándose irremediablemente. Ante el tumulto, la polícia se ve obligada a disparar al aire para calmar la situación. Recogen el cerebro, que parecía «una gorra de visera» y se lo llevan a Comisaría, donde será recogido por la viuda del poeta.

Honras fúnebres de Rubén Darío
Funeral de Ruben Darío

La urgencia  por celebrar las honras fúnebres del poeta provocaron otro episodio increíble: el cerebro de una costurera fallecida esos días ocupa el lugar del malogrado cerebro original, que sigue escondido en casa de los doctores, bajo amenazas de la familia Murillo. Sin embargo, tras los fastos oficiales es más que obvio que el cerebro presenta un aspecto lamentable del que no podrá extraerse información alguna. Ambos doctores deciden enterrar, en secreto, el cerebro de Darío en su tumba en la catedral leonesa. Pero un nuevo problema les acucia: necesitan aparentar que poseen y conservan el cerebro del poeta. La solución es de nuevo de película de terror: utilizan otro cerebro de un joven fallecido esos días y lo disponen en un frasco decorado con llamativas telas para exponerlo en la Casa de la Salud.

Años después, este falso cerebro será enterrado a sabiendas de su verdadero origen, cerrando este episodio tan poco poético donde la realidad superó con creces a la ficción.

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