Al Surrealismo lo han matado muchas veces. Me refiero al Surrealismo como movimiento literario aparecido en los primeros años  del siglo XX junto a una multitud de nuevas corrientes artísticas denominadas Vanguardias. André Breton, su creador oficial, puede que tenga bastante que ver en ello aunque parezca paradójico. Sin embargo, es el movimiento de Vanguardia que ha permanecido, no como algo organizado, pero sí como  gran influencia artística a través del tiempo.

En los inicios del siglo XX el mundo cambiaba rápidamente en lo referente al arte y la literatura y se veía inmerso en guerras y revoluciones que  anunciaban el fin del antiguo régimen. En la vieja Europa surgían múltiples protestas contra las convenciones literarias e ideológicas como forma de denunciar un mundo que se derrumbaba lleno de muertos. La religión, la ciencia, el orden social, la moral burguesa fueron cuestionadas en esos años por inservibles y por ser incapaces de establecer una sociedad justa. Si la ciencia se utilizaba para la guerra y la moral se cambiaba a la medida de  políticas interesadas , ¿por qué  seguir creyendo en un arte y una literatura que se convertían muchas veces en mera propaganda?

En este ambiente de escepticismo nació el Dadaísmo de la mano  de un joven rumano, Tristan Tzara, que vivía en Zurich entre una pléyade de variopintos descontentos: objetores de conciencia, pacifistas alemanes, revolucionarios rusos, pintores y escritores como el alemán Hugo Ball que junto a su mujer, la actriz Emmy Hennings, tuvo la ocurrencia de crear un café literario-musical, el Cabaret Voltaire. En dicho local hubo música, recitados de tendencias futuristas-expresionistas-pacifistas, los primeros «jazz-band», lecturas de poemas  a varias voces, etc. En la revista del mismo nombre Cabaret Voltaire, publican estos dadaístas su primer manifiesto en 1916. Pero siguiendo su propio credo no hicieron nada, ninguna obra de arte, porque hasta el propio nombre del movimiento, Dadá, no significa nada. Se trataba de escandalizar y molestar. Decía Tzara en su primer  manifiesto: «Hay que cumplir un gran trabajo destructor, negativo. Barrer, limpiar. La limpieza del individuo se afirma tras el estado de locura, de locura agresiva, completa, de un mundo abandonado entre las manos de los bandidos que se destrozan y destruyen los siglos» «Dadá; abolición de la lógica(…), Dadá; abolición de la memoria(…), Dadá; abolición del futuro.» «Escribo un manifiesto-decía  Tzara- y no quiero nada(…) y estoy por principio contra los manifiestos» «Estamos contra todos los sistemas, pero su ausencia es el mejor sistema» . Estas afirmaciones iban mezcladas con actitudes desafiantes y burlonas. Probablemente no los tomaron muy en serio, pero detrás de todo ese humor se escondía un gesto amargo y un sentimiento de protesta ante un mundo que se desmoronaba sin remedio. El ser humano se quedó solo ante el gran vacío que es el porqué de la propia existencia, antes repleto de religión, orden, arte…

Tristan Tzara
Tristan Tzara

Y después llegó el Surrealismo como un desarrollo natural de las ideas dadaístas. En realidad llegaron casi a la vez ya que sus creadores compartían ideas, amigos y lucha contra lo establecido. Pero el Surrealismo fue más allá; proclamaba la necesidad de incluir en el arte todo lo irracional, lo soñado, lo secreto, lo misterioso. Nada estaba prohibido. Era necesario experimentar  para conseguir los estados de conciencia que permitieran descubrir  lo que se ocultaba en las zonas recónditas del cerebro. Para ello los surrealistas utilizaban cualquier cosa, desde la técnica de la escritura automática hasta drogas de todo tipo. Había un sentimiento común de encontrarse en presencia de un mundo inquietante y extraño al que solo se accedía mediante la irracionalidad, la «no-lógica», basada en la libre asociación. El artista era el «medium» que desvelaba esa realidad oculta que no se rige por las leyes de la lógica.

Toda esta teoría generó un sinfín de proyectos artísticos. André Breton pretendía ser el gran sacerdote que todo lo controlaba, pero los artistas se le desmandaban, la libertad es lo que tiene, y los echaba del movimiento. Así fueron cayendo Robert Desnos y Philippe Soupault, por ejemplo, que habían estado con él desde el principio. Hacia el año 1927 Breton se afilia al Partido comunista provocando la ruptura con un buen número de antiguos seguidores que no veían bien esta afiliación. Años más tarde dejaría el partido ante la imposiblidad de conciliar la búsqueda de la libertad absoluta con el realismo socialista que veía el arte como un instrumento de propaganda.

André Breton continuó siendo un artista libre hasta el fin de su vida en 1966. Poco antes de morir pronunció estas proféticas palabras: «Hoy nadie se escandaliza, la sociedad ha encontrado maneras de anular el potencial provocador de una obra de arte, adoptando ante ella una actitud de placer consumista.»

Además de  rebelde, visionario.

André Breton

 

 

 

 

 

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