Si nunca has puesto en tu estado virtual en cualquier red una frase de El Principito, no has vivido. Así de rotundo. Se cumple estos días el 75 aniversario de la novela corta en francés más leída y vendida de nuestros siglos (aproximadamente 2 millones de libros anuales, ahí es nada). Esta obra esconde algunas curiosidades que quizá no conozcas.

Su autor, Antoine de Saint-Exupery fue un intrépido piloto de aviación de la II Guerra Mundial cuyas inclinaciones literarias habían dado a luz varias novelas y reportajes de guerra antes de la obra que lo ha catapultado al cielo de los escritores.

Al parecer, en un accidente previo a su catástrofe mortal, sufrió una deshidratación en el desierto de El Sahara que le provocó alucinaciones que podrían ser el origen de la fábula de El Principito. La obra en sí es una especie de alegoría en la que un personaje protagonista, un joven astronauta relata su mundo a un interlocutor.

Desde la primera página se nos quedan claras varias cuestiones importantes en la obra: no es un cuento, no es una obra infantil. Sin embargo, Antoine confía en los adultos en potencia y su visión pura. Por eso, la dedicatoria afirma:“si todas esas excusas no bastasen, bien puedo dedicarle este libro al niño que una vez fue esta persona mayor. Todos los mayores han sido primero niños, pero pocos lo recuerdan. Corrijo, pues, mi dedicatoria: A Léon Werth, cuando era niño”.

El Principito

Enseguida se da cuenta el lector del juego que establece la obra: es un canto contra la deshumanización del mundo adulto y su despiadada sociedad.Reflexiona sobre la vida, la soledad, la pérdida, la amistad o el amor en medio de la contienda mundial.

El otro pilar de la obra es la potente ilustración. Son obra del propio autor, en ocasiones minimalista, quejoso de sus propios trazos pero que, sabiamente, nos traslada al asteroide B612 en boca de ese pequeño príncipe que se topa el aviador accidentado, alter ego del autor.

La obra ha sido trasladada al cine, al teatro, representada y citada hasta la saciedad por boca de quien la conoce y quien no. No importa: “lo esencial es invisible a los ojos”.

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