“¡El amor! ¡El amor! ¿Tú sentiste en tus noches/el encanto lejano de mis ardientes voces / cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa / sollozando hacia el sur, te llamaba: Georgina?”.

Estos encendidos versos pertenecen al Premio Nobel de Literatura español Juan Ramón Jiménez. Pertenecen a su etapa de juventud y fueron insertados en su poemario Laberinto (1910). Hasta aquí sería todo normal si no fuese porque la idolatrada musa que inspiraba los versos, la peruana Georgina Hübner nunca existió realmente.

Retrato de Juan Ramón Jiménez en su juventud por Sorolla
Retrato de Juan Ramón Jiménez en su juventud por Sorolla

Hacia 1904 Juan Ramón recibe una carta de la lejana Lima de manos de quien dice ser Georgina Hübner, leal admiradora del poeta. Ante la imposibilidad de conseguir sus obras en su lejano país solicita al autor ejemplares de las mismas, poniendo en marcha una relación epistolar y amorosa que cruzará los mares desde el verano de 1904.

Los rodamientos que ponen en marcha este engaño están bien documentados:dos jóvenes aspirantes a poetas, Carlos Rodríguez Hübner y José Gálvez Barrenechea, obsesionados por el maestro. Deciden engatusarlo para mantener una constante correspondencia con él, inventándose a la cándida dama limeña Georgina, a la sazón inspirada en la prima de Carlos. Tanto camela esta inventada dama al inmortal Juan Ramón que éste decide zarpar en un barco a fin de hacer posible el encuentro entre ambos, por lo afianzado de la relación. Imagínense el susto de los jóvenes, que veían próxima a destaparse este feroz engaño. No queda más solución que dar el golpe final: a través de un telegrama, hacen comunicar al poeta que Georgina, frágil de salud, ha fallecido en un sanatorio. El corazón del Nobel se quiebra, dedicándole unos póstumos versos que pueden leerse en los poemas de juventud.

“Yo no sé cómo eras / ¿morena?, ¿casta?, triste? ¡Sólo sé que mi pena / parece una mujer cual tú, que está sentada, / llorando, sollozando, al lado de mi alma!”.

Si les ha gustado la anécdota, les recomiendo la novela El cielo de Lima del cántabro Juan Gómez Bárcena, quien recoge con especial sensibilidad y maestría el tapiz de una mentira romántica con amargo final.

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