Que Walt Disney no está congelado esperando un momento mejor para sanarse del mal que le llevó a la tumba es algo superado. Es decir, seguro que hay casi tantas personas que difunden el mito de la criogenización del rey Midas de los dibujos como personas que lo rebaten. De hecho, y aclaramos de paso estos datos, fue incinerado tras su muerte y sus cenizas reposan en el panteón familiar de los Disney.

A las personas nos gustan los mitos. Nos gusta la leyenda, lo misterioso, lo raro. La incógnita desprende un olorcillo a prohibido que nos hace salivar. Siempre ha habido una devoción por continuar – y también por crear ex novo- los mitos. Uno se los aprende a pies juntillas y ya no hay más preguntas, señoría. Es y es.

Hace algunos años, la catedrática catalana Rosa NAVARRO DURÁN demostró, con numerosas pruebas y argumentos, la autoría del Lazarillo de Tormes. Nuestro pequeñín sí tenía autor y, de hecho, uno muy culto. Tanto, que escribía las cartas latinas al propio emperador Carlos V: se llamaba Alfonso de Valdés.

Cierto es que no es la única de las atribuciones a diversos autores en la vida del Lazarillo. Sin embargo, la solidez y la argumentación de la profesora Navarro cierra numerosas dudas e incorrecciones. Levanta igualmente numerosas ampollas en algunas figuras de la crítica literaria, de cuyo nombre no quiero acordarme, cuyos beneficios literarios y económicos se verían reducidos de reconocerse esta autoría. Eso, y que el niño Lázaro es un pequeño mito huérfano. “No, no: a mí me enseñaron que era anónimo”. Sí. Y Walt Disney espera una vacuna contra el cáncer en una cómoda y fría nevera.

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