En estas fechas tan señaladas…no podía faltar el calor navideño. Últimamente habrán notado un cambio sustancial. Varios cambios, vaya. Sin ponernos trágicos (ni pedantes, dónde va a parar) podemos recordar, echando la vista atrás, que el ser humano tendía a reunirse en torno al fuego tribal para calentarse. De ahí, surgían las historias, la expresión. Tiempo después cambiamos la hoguera por la televisión, que emite un calor más elegante y acalla el durísimo día a día. Actualmente, encendemos la tele y miramos la pantalla del móvil, solo por notar su presencia.

Si les visita el espíritu de la Navidad pasada mientras se calientan artificialmente bajo estas pantallas, no pueden hacer otra cosa que atenderlo.

Charles Dickens escribió Cuento de Navidad en 1843. Desde entonces se ha convertido en uno de los más importantes clásicos navideños a nivel internacional. Cuento de Navidad, más allá de la metáfora de resurrección primaveral tras el duro invierno, es un canto a la pobreza, a la desigualdad, a las injusticias sociales. Al parecer, Dickens sufrió en sus propias carnes el duro siglo XIX con su amarga cáscara industrial. Tuvo contacto con el trabajo en las minas, con las escuelas de pobres…algo que le marcará profundamente, llegando a redactar panfletos contra la pobreza y la injusticia.

Ilustración clásica del viejo Scrooze

El argumento de la obra no es otro que la figura de Ebenezer Scrooze, viejo avaro que desprecia la Navidad, que será visitado por una serie de fantasmas en Nochebuena. Su desprecio por la caridad y solidaridad y su falta de empatía, provoca que los fantasmas se decidan a recordarle su infancia, más feliz y caritativa. Le muestran igualmente los frutos de su avaricia en el presente y sus consecuencias en el futuro, algo que va a despertar su conciencia y provocará el final feliz  con la transformación del anciano.

No hay nada nuevo bajo el sol ni nada nuevo en la Navidad. Sin embargo, lo que funciona, no hay que cambiarlo.

 

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