A palos, a espadas, a tiros o a bombas. Eso de guerrear es una de las costumbres más antiguas y arraigadas en el ser humano. A la que nos dejan un segundo, nos ponemos a matarnos unos a otros sin miramiento alguno. Desde nuestros primeros pasos por el mundo, la lucha ha sido una de las costumbres más infames de nuestra especie. Algo que muchos pueblos tenían la desgracia de ver con sus propios ojos o, en el mejor de los casos, de leer en libros de historia.

El paso de los siglos iría propiciando un importante cambio en nuestra forma de acercarnos a los conflictos bélicos. Primero con la irrupción de la fotografía y luego con la aparición de las videocámaras, todo iría cambiando. Las imágenes de la guerra nos empezaban a llegarnos casi de forma instantánea, helándonos la sangre.

Tenemos que remontarnos al año 1955 para encontrar las primeras fotografías de un conflicto bélico. Por aquellos días, el fotógrafo inglés Roger Fenton era enviado a la península de Crimea con el objetivo de inmortalizar el conflicto bélico entre Rusia y la alianza formada por Inglaterra, Francia y Turquía. De esa forma, Fenton se convertía también en el primer fotógrafo de guerra de la historia.

Fueron 350 negativos válidos que tenía que revelar en un carro que hacía las veces de cuarto oscuro. El cólera y la fractura de varias costillas fueron el peaje a pagar por este auténtico pionero.

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