No se pueden permitir estas cosas… Mientras que películas de medio pelo e infamias de todo tipo triunfan en los cines de todo el mundo, auténticas obras maestras se quedan perdidas en medio del océano sin que nadie se acuerde de ellas. De hecho, algunos casos como el de Wind River son especialmente dolorosos, ya que hablamos de una película con nivel suficiente como para haber aspirado al Oscar. No sería descabellado decir que su nivel es sustancialmente superior a La forma del agua, gran triunfadora del último circuito de festivales.

Decir que Wind River es brillante no es más que una burda simplificación. Para entenderlo todo, conviene empezar analizando la figura de un señor llamado Taylor Sheridan. Los más seriéfilos habrán reconocido rápidamente al policía David Hale de la genial Sons of Anarchy. Un actor aceptable que, sin embargo, alcanza el estatus de maestro a la hora de elaborar guiones. De su mano salieron Sicario o Comanchería (Hell or High Water). En este caso vuelve a encargarse de un libreto que, sin embargo, también dirige. Su título es Wind River y llega al alma.

Wind River

Austera, íntima y profundamente dolorosa. Así es la historia de una cinta en la que un western puro vuelve a disfrazarse para pasar desapercibido. Wind River nos lleva a una tierra plagada de nostalgia y de desolación como es la de las montañas nevadas de una reserva de nativos americanos. Ahí, tras encontrar un cadáver en medio de la nieve, un veterano rastreador local (Jeremy Renner) y una joven agente del FBI (Elizabeth Olsen) emprenderán una complicada investigación para esclarecer la muerte de una joven.

Con ese argumento se presenta una historia en la que la violencia latente se vuelve insoportable hasta estallar en un clímax superlativo. Impresionante la tensión sostenida de una cinta que entra como un whisky amargo y que deja una llama en la garganta. Sencillamente sublime.

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