Hay veces que el cine es capaz de clavarse en lo más profundo de nuestras almas. Son muchas las razones que pueden llevarnos a caer rendidos ante un filme, pero secuencias como la que hoy reclama nuestra atención es de esas que consiguen sobrecogernos y quedarse con nosotros hasta el final de los días.

Seven es una obra descomunal. En el año 1995, Davin Fincher firmaba una de las obras cumbres del cine moderno. Y es que el thriller policiaco que se sacaba de la manga lograba perturbar el ánimo del más pintado. La sucesión de crímenes firmados por John Doe iba creando una atmósfera cargante y enfermiza alrededor de los detectives Mills (Brad Pitt) y Somerset (Morgan Freeman). Película gloriosa de principio a fin, pero con una secuencia final tan dolorosa, como brillante.

El descampado, los dos detectives, John Doe (Kevin Spacey) arrodillado en el suelo. De repente, un mensajero con una caja de cartón. El contenido de la misma nunca llega a revelarse, pero tranquilamente cabría una cabeza. Somerset queda noqueado después de ver su contenido. Corre en dirección a su compañero. Es entonces cuando Doe confiesa haber matado a la mujer de Mills. La envidia era su pecado capital. Mills dispara. El asesino ha cumplido su obra. El ruido de la pistola todavía retumba en nuestras mentes…

Pocos finales pueden compararse al de Seven. El colofón final a una película brillante hasta niveles inconcebibles.

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