Prácticamente, cualquier cosa que digamos de Braveheart está de más. La cinta de Mel Gibson es de esas que forman ya parte de la historia moderna del cine. Además, se cuentan por legiones los seguidores de un filme que mil veces podemos ver y que mil veces nos emociona. Ver a William Wallace y que nos entren ganas de correr en Kilt por las Highlands escocesas es todo uno. Un proyecto que no fue sencillo de levantar para nuestro queridísimo Mel.

Había rodado El hombre sin rostro. El debut tras las cámaras de Mel Gibson, allá por el año 1993, no estaba mal. Sin embargo, tampoco era demasiado relevante. Así, cuando se plantó en Paramount Pictures con el proyecto de Braveheart, los responsables del estudio no estaban nada convencidos del asunto. Habían pasado dos años desde El hombre sin rostro.

Mel Gibson estaba convencido de que aquello iba a ser una maravilla. El gusanillo del director le había dado fuerte y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para hacer realidad Braveheart. Así, en Paramount le pusieron sobre la mesa una condición indispensable para darle luz verde al proyecto: Que él fuese el protagonista.

Pese a que Mel Gibson no quería ser William Wallace ni a tiros, no le quedó otra. Quería limitarse al rol de director, pero ponerse también ante las cámaras era el precio a pagar. Como todos sabemos de sobra, el resultado no fue otro que su mejor trabajo como actor y una cinta que arrasaría en todo el mundo. Con un puñado de Oscars bajo el brazo (incluyendo el de Mejor Director), el éxito del filme todavía colea.

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