No voy a andar con remilgos: Los dinosaurios me gustan. De hecho, me encantan. Todo niño que se precie ha de pasar una etapa en la que estos prehistóricos lagartos gigantes se convierta en su pasión. Hablamos de un tiempo que suele abarcar entre los 5 y los 10 años. Sin embargo, el aquí firmante todavía babea cuando escucha las pisadas de un Tyrannosaurus Rex. Efectivamente, esa edad quedó atrás hace un buen rato, pero la mirada sigue siendo febril.

Jurassic Park

Dicho eso, ya es hora de apuntar que Jurassic Park es lo mejor que nos ha dado el mundo de los efectos visuales. Puede parecer arriesgado soltar semejante afirmación a la ligera, sobre todo si tenemos en cuenta que estamos hablando de un filme de 1993. Pero nada hay de irredenta pasión en estas palabras. Y es que, casi 25 años después, uno se puede sentar ante la película de Steven Spielberg sin temor a ruborizarse. Todos y cada uno de los dinosaurios de Jurassic Park siguen luciendo igual de brillantes. Si comparamos, por ejemplo, con el King Kong de Peter Jackson (2005) o con la reciente Jurassic World (2015), nos encontramos con que una obra de principios de los 90 resulta considerablemente superior. ¿La magia de Spielberg? Más bien su audacia.

Menos de un 12% de los planos de Jurassic Park tienen retoques digitales a igual presupuesto que las otras películas citadas. Y es que la hábil fórmula de concentrar enorme trabajo en el diseño de los animales y dosificar la aparición de estos ayuda a un impecable acabado, además de un suspense magistral. La estampida de King Kong es un buen ejemplo de que los excesos se pagan. En unos tiempos en los que cualquier superproducción tiene más de fondo verde que de otra cosa, las maquetas y las animaciones digitales de Jurassic Park siguen sin encontrar comparación.

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