Solo con cerrar los ojos e imaginarlo, el vello se nos pone de punta. Si un personaje de cómics tiene una capacidad de seducción fuera de lo común, ese es Batman. La historia de un tipo normal y metido a superhéroe de moral distraída siempre nos ha atraído de sobremanera. Y es que misterio, terror y honor son tres ingrediente que han hecho del Hombre Murciélago el enorme icono que es hoy.

Pues, queridos amigos, el traje de Batman estuvo muy cerca de enfundárselo el mismísimo Clint Eastwood. Después de Joel Schumacher, el personaje parecía haber quedado herido de muerte de cara a su futuro cinematográfico. Así, los hermanos Albert y Allen Hughes (El libro de Eli) decidían, a principios del nuevo milenio, lanzarse con un proyecto que podríamos clasificar como cine de superhéroes crepuscular.

Batman Clint Eastwood

Aquello era una especie de Sin Perdón, pero en Gotham. Un Bruce Wayne madurito (Clint Eastwood tenía 70 años por aquel entonces) era el epicentro de un filme centrado en el ocaso del superhéroe. La intención no era otra que la de adaptar libremente la novela gráfica de Frank Miller, The Dark Knight Returns. En la misma, un Batman jubilado se ve obligado a volver a escena ante la ola de pánico desatada por Harvey Dent.

Efectivamente, el protagonista ya estaba elegido y a Clint Eastwood no le disgustaba la idea. Sin embargo, en Warner Bros. consideraron que la historia era demasiado oscura, lo que provocaba que lo que apuntaba a ser un filme brillante nunca viese la luz.

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