“Estoy bien… Bien hundida, bien decepcionada, bien vacía, bien harta, bien rota, bien triste, bien cansada… Definitivamente, estoy bien”

Frida Kahlo sabía que era el final. El 13 de julio de 1954, una de las criaturas más magníficas de cuantas hayan pisado este mundo partía de forma definitiva. Solo 47 años tenía una mujer que había empezado a morir a los 18 años, cuando el autobús en el que viajaba era arrollado por un tranvía, dejándole unas secuelas que arrastraría durante el resto de su vida. La mujer que salió de aquel amasijo de hierros poco tenía que ver con la joven que entró. Fueron hasta 32 operaciones quirúrgicas a lo largo de su vida, con el objetivo de luchar contra las secuelas de una columna partida en tres. Un dolor que no pudo soportar en sus últimos días.

Nadie tenía derecho a decidir por ella. Ni a la muerte le concedió tal honor una mujer cuyo rostro mismo es bandera del feminismo. El fuego de su interior la convertía un ser especial, pero también le quemaba las entrañas. Nadie sentía tan fuerte como Frida. Su tormentoso y apasionado amor por Diego Rivera (“mi segundo accidente”, le llamaba) marcaría la vida de una mujer convertida en mito.

Cuadro Viva la Vida de Frida Kahlo
Viva la vida” (1954) | Museo Frida Kahlo, Coyoacán, México)

Entender a Frida Kahlo es algo que solo puede ambicionar un necio. Sería como hablar todas las lenguas del planeta. El corazón y el cerebro de la mejicana eran más que un universo. Una semana antes de morir, Frida Kahlo tomaba su pincel y, tras mojarlo en pintura roja, escribía sobre una de sus obras, con varias sandías, “Viva la Vida – Coyoacán 1954- México”.

“Intenté ahogar mis penas en alcohol, pero las condenadas aprendieron a nadar”

Probablemente, la obra llevaba pintada unos años. Sin embargo, de entre todas sus pinturas, Frida Kahlo elegía este bodegón de sandías, tan comúnmente asociadas al Día de los Muertos y a las figuras de los esqueletos. Era la despedida de una mujer y el objeto de estudio de múltiples especialistas de arte a lo largo de décadas posteriores. Oda a la vida por su adiós, respuesta al fascismo y al “¡Viva la muerte!” de José Millán-Astray (fundador de la Legión)… Sea como fuere, se antoja inaceptable hablar por boca de una Frida Kahlo que nunca aceptó tal cosa. Observad y escuchadla.

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