No os dejéis llevar por las apariencias, detrás del servicio de cubierto, pan y mantequilla, la sopa de langosta es el plato más barato de la carta en el país del hielo y el fuego: Islandia

Thingvellir o Þingvellir es un valle y parque nacional situado en el suroeste de Islandia, cercano a la península de Reykjanes y a la zona volcánica de Hengill.

Antes de empezar a contaros, si no habéis ido a Islandia o no está entre vuestros planes, ¡hacedlo ya! Es un país que no te deja indiferente,  donde sus paisajes, su gente y sus peculiaridades  te conquistarán  apenas lleves un día allí.

En mis primeros días en Islandia decidí probar los platos típicos que había leído en las guías de viajes: sopa de langosta (Humarsúpa) y cordero. Son bastante fans del cordero pero no como aquí lo conocemos. No ese lechal tiernito y rico que asamos  a la brasa en forma de chuletillas, no, allí son más de cordero adulto, tirando a oveja (en Islandia hay más ovejas que personas). Una oveja que además cocinan como nosotros la ternera, ligeramente sangrante. No me gustó especialmente, seguramente se trate de algo cultural pero a mi aquello me pareció como morder un ovillo de lana. Una lana de 100 años por lo menos.

Oveja islandesa

Los días siguientes no arriesgué mucho, sino que me propuse probar las sopas de langosta de todos los sitios a los que fui. No solo era lo más económico de la carta (Islandia es un país tremendamente caro) sino que yo adoro el marisco,  por lo que me parecía estar en el paraíso. Los matices y sabores variaban de unos sitios a otros. Unas tenían trocitos de pescado, otras estaban hechas con nata, otras con leche de coco, algunas eran ligeramente picantes…pero todas deliciosas. Este plato ha sido durante siglos el reconstituyente perfecto para los días de nieve (que no son pocos).

Cuando volví a España preparé sopa de langosta para cenar, mi octava sopa de langosta seguida. Quise ponerle lo mejor de cada una, la cremosidad de la de Saegreifinn en Reikiavik, o el toque de curry que tenía la del  Pakkhus en Hofn. Me salió bastante buena, pero no era lo mismo. Me asomé a la ventana de mi casa y no me llené de paisaje, ni vi caballos salvajes con mejor pelo que el mio, ni hacía frío, ni había cascadas,  ni sonaba Sigur Rós .  No es sólo lo que se come, sino el contexto que le acompaña.

Caballos salvajes en Islandia

A veces una tortilla francesa en casa puede resultar un manjar, pero otras soñaremos con una tasca de madera perdida en la montaña en la que decir al camarero “Humarsúpa, takk”

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