La madurez radica en las experiencias vitales que vamos teniendo a lo largo de nuestra vida. Encontrarse de cara con los problemas nos ayuda a adquirir la virtud de saber afrontarlos en el futuro. Tu primera experiencia sexual, el primer trabajo o alquilar un piso, entran dentro del proceso vital de cada uno. Escalones que hay que superar para llegar a un punto indefinido.

Parece claro, a pesar de que este punto es absolutamente subjetivo, que una mayoría de las personas alcanzan ese desarrollo al finalizar la adolescencia. Esa maravillosa etapa en la que todo son hormonas, acné e irascibilidad.

En The End of The F***ing World, los protagonistas son dos adolescentes que buscan, obligados por sus circunstancias, encontrar su propio camino vital. Deben reafirmar que saben cuidarse por sí solos para encontrar la libertad que un adulto necesita. Para James (Alex Lawther), que se sabe psicópata desde niño, la madurez está tras su primer asesinato. Quiere fijarse en esa responsabilidad obsesiva que le persigue, dejar a los pobres animalitos para centrarse en el verdadero oficio de los psicópatas: matar personas. Y en ese camino se encuentra a Aylissa (Jessica Barden), adolescente perdida e insegura escondida en una fachada de fuerte carácter. La atención que muestra hacía James la convierten en la víctima perfecta para la iniciación como asesino del que se convertirá en su novio.

 

Esta serie de Neflitx, de una duración digna de atracón de fin de semana (3 horas y poco en total), te mantendrá enganchado, en gran medida a su guión. Basado en el cómic homónimo de Charles S. Forsman, está plagado de momentos en los que podemos escuchar los pensamientos de los personajes (que son capaces ponernos más que los pelos de punta). ¿Qué seguridad puede encontrar la joven Alyssa en el que quiere ser su asesino?.

Cada vez es más habitual ver guiones donde se arriesga con un humor negro -en este caso bastante edulcorado-. Pero no siempre fue así. Una de las pioneras en este subgénero, Harlod and Maude de Hal Ashby, tuvo un sonoro batacazo de taquilla y crítica, que no se enmendaría hasta décadas después. Senda sinuosa y empinada la que sufrió esta película que ha conseguido que ya no nos llame tanto la atención ver a un psicópata enamorándose.

Por otro lado, es imposible no destacar la Banda Sonora, la cual es una magnifica selección de temas pop-rock que supone, de nuevo, otra gran aportación de las producciones televisivas a la difusión musical de todo tipo de clásicos caídos en el olvido.

Pero sin duda alguna lo que más nos llama la atención es la estética de esta pequeña joya. Calibrada para un público cercano a Wes Anderson la convertirá en una de las grandes referencias indies del año. Preparaos para que, en los  próximos meses, un empacho de todo tipo de regalos, derivados del merchandising que ya está produciendo The End Of The f** *king World.

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