Hemos podido ver los seis capítulos de la serie La Peste y no todo van a ser alabanzas. Es una gran producción, de gran formato, muy cuidada. Pero no va de eso este comentario. Se trata de hablar de algo que es común al cine y al teatro españoles y tiene que ver con la forma de afrontar un par de aspectos que incumben a la interpretación y a la concepción de los guiones.

Parece que es nuestro destino que en España no podamos hacer una serie, película u obra de teatro “seria” sin que los personajes tengan que estar cabreados. En esta serie a la que me refiero, creo no haber visto ni una risita de alegría. Ya sé que el asunto de la peste es terrible, pero hemos visto en las noticias de la tele jugar a los niños y reírse aun estando hambrientos y cercados por la guerra. Sabemos que el humor es una característica muy humana, tanto que define la condición de persona. Pero no, aquí no hay humor ninguno. Ni los ricos, porque parece que no pueden entretenerse con bagatelas como una risita al amante, por ejemplo, ni los pobres (que en la serie los hay a montones) para olvidarse por unos momentos de la desgracia. En el reino de la interpretación teatral pasamos de la comedia a la tragedia en un instante. Se nos da bien la farsa, que viene a ser la risa amarga, pero eso no corresponde al reino de la interpretación naturalista que es lo que pretende la serie. Así que eso: actores cabreados pase lo que pase. Aunque los feliciten, los alaben, les hagan cosquillas, ellos con el ceño fruncido y cara de asco.

El otro asuntillo es el de la dicción, la pronunciación que cada día hace estragos entre nuestros jóvenes intérpretes. Que alguien les diga que aunque sea una película o una serie, hay que entender claramente las frases. No se les entiende. No están en la calle, es una representación, el tempo es distinto…en fin. En La Peste, hablan mayormente en susurros y cuando cambian de registro gritan. Enfadados, farfullantes. ¡La peste interpretativa!

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