En 1998 se publica Cuaderno de Nueva York, último poemario del poeta madrileño de corazón santanderino José Hierro. Pasan ahora 10 años desde que el rotundo poeta hilvanase los versos últimos de su creación desde su frente purísima. Solo alguien ya cercano a su ocaso podía presentar este canto a la vida y al rumbo de las ciudades y sus pobladores. El porqué se convirtió en un best seller poético es algo sencillo de explicar para quien se asome a sus versos.

El tiempo y las prisas en las megalópolis parece poder devorar cualquier cosa. No distingue, entre el filtro de  sus barbas antiguas que ya cantase Federico (qué más da si era a otro poeta o a la propia e ingrata ciudad), la esperanza o el odio. Simplemente lo devora. Las preguntas, después.

cuaderno-de-nueva-york José Hierro

En Cuaderno de Nueva York,  fantasmas viejos y nuevos de disponen a salir al escenario, quizá por última vez. Por última vez el poeta ha visitado la ciudad y los versos más clásicos acunan sus noches. Él también se despide :

No vine sólo por decirte
(aunque también) que no volveré nunca,
y que nunca podré olvidarte.

Entrega su voz y es recogida en el anonimato por quienes nunca fueron nada: judíos en la Alemania nazi. Por quienes quisieron serlo todo : un rey Lear borracho de miedo y olvido. Por la voz que se apagaba de Gloria Fuertes. Los personajes vuelven a su memoria y a la vida. Vuelven a una ciudad que quizá nunca pisasen para entonar la despedida. Conforma así un poemario de senectud donde la belleza del olvido brilla con brillo cegador.

Sirva como ejemplo:  las jóvenes ballenas urden un plan para abandonar el lastre de las ya ancianas, casi inmóviles madres. Y así, su epitafio:

«Hasta mañana». Fue el último mensaje.
Y ya no habrá mañana.
Ahora las moribundas,
ciegas y sordas tienen la mirada del recuerdo
puesta en sus ballenatos, indefensos
frente al testuz terrible de las olas heladas,
los témpanos, las hélices, los arpones,
desvalidos, sin rumbo
por esos mares de Dios.

 En este Cuaderno, hay toda una baraja de naipes certeros que van ganando la partida al tiempo.  Olvidando quizá que siempre gana la banca.

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