Daniel Defoe y Jonathan Swift fueron contemporáneos. Ambos contribuyeron al nacimiento de la gran novela inglesa del siglo XVIII. Ambos las escribieron  como libros de viajes en  forma autobiográfica y alcanzaron enorme fama en su época. Sin embargo, sus objetivos no pueden ser más diferentes.

Daniel Defoe publicó en 1719 las aventuras y viajes de Robinson Crusoe, el joven náufrago inglés que permanece veintisiete años en una isla desierta, con la sola compañía de un nativo, Viernes. El ingenio y la fe en la razón de Robinson Crusoe lo salvan de todo: hambre, enfermedad, locura, aislamiento. Él crea su “pequeño imperio británico”, lleno de orden, organización social y método estricto de trabajo. Para ello, entre otras cosas, “domestica” al nativo Viernes, enseñándole su idioma y elevándolo a la categoría de criado al servicio de su majestad. Lo saca de su salvajismo gracias a que le inculca las costumbres y modo de vida británicos, a todas luces, superiores al modo de vida indígena. El concepto rousseauniano del “buen salvaje” tiene aquí una de sus formas de expresión. Civilizar al salvaje, eso era lo que Gran Bretaña hacía en ese momento por el mundo adelante. Cimentaba su gran imperio y nuestro novelista Defoe creía también en ello: la superioridad de la razón británica. Esto defiende su libro en el fondo.

La otra cara de la moneda es Jonathan Swift. Los viajes de Gulliver fue publicada en 1726. Bajo una intriga divertida y pintoresca, que lleva a su protagonista a visitar países imposibles habitados por seres diminutos, gigantes, caballos, o suspendidos en el espacio, se esconde una amarga sátira social. La sociedad británica no le parecía a este incisivo irlandés tan perfecta y justa como afirmaba Defoe. Con un particular sentido del humor, irónico y sarcástico, la novela presenta una crítica profunda de todos los aspectos de la realidad, ciencia, política, moral, en definitiva, la propia condición humana. De este modo, el personaje de Gulliver, a través de sus viajes por el mundo, evoluciona desde un optimismo inicial al pesimismo y la misantropía del final del libro. Tan es así que añora el país gobernado por caballos, seres nobles y justos.

Por esos avatares misteriosos de la Literatura, Los Viajes de Gulliver se ha considerado literatura  infantil, eso sí, despojada de sus partes críticas. La novela de Robinson Crusoe, por su parte, imitada hasta la saciedad, ha sido despojada también de su significado profundo. Ambas han sido banalizadas, tratándolas como simples libros de aventuras, lo que no son, en absoluto. Son la cara y la cruz del siglo XVIII, el de las Luces, el del culto a la razón y los grandes hallazgos científicos, el del optimismo acerca de la condición humana y su progreso, esa es la cara de Robinson Crusoe. En la cruz está el misántropo Gulliver con sus eternas preguntas que conocemos tan bien. Después de tantos descubrimientos científicos, ¿somos mejores? Después de tantos viajes y avances, ¿vivimos en una sociedad más justa? Y, por último, la gran pregunta: ¿Somos más felices? Se lo preguntaba Gulliver y nosotros también.

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