¿Quién no ha copiado alguna vez en un examen? ¿Quién no ha mirado alguna vez las respuestas de su compañero con ánimo de trasladarlas a su propio papel? Hay un dicho mexicano que dice que “cuando está abierto el cajón, el más honrado pierde”. El problema de copiar siempre ha sido el bochorno de que te pillen en el acto (o después, vaya) y no la moralidad del hecho en sí. Seamos honestos.

En Literatura, los llamados negros de escritor son comunes y lo que es más, legales y asumidos. El oficio de negro de escritor consiste en escribir una obra para otra persona que decidirá bajo qué nombre y forma se publica, previo pago al autor original. En estos tiempos en los que todo aquel que recibe diversa porción de fama considera la imperiosa necesidad de contar al mundo su anecdotario esto puede ser hasta necesario. Es decir: aquellos profesionales que nada tienen que ver con el mundo expresivo necesitan de alguien que ordene sus pensamientos y les dé forma coherente. El toque literario. O los discursos políticos, las memorias…en fin, si el mecánico es quien nos arregla el coche, el escritor es quien escribe libros.

Sabor a Hiel Ana Rosa Quintana
“Sabor a Hiel” | ¿Ana Rosa Quintana?

Hasta aquí sin problemas. Ahora bien: ¿qué ocurre cuando un escritor copia otro libro, sin mencionar otra autoría? En esos casos, caemos en un problema legal. Seguro que todos recuerdan ciertos escándalos que han quedado ya para los cotilleos literarios de la memoria que tanto gustan. Imposible no recordar el mayúsculo escándalo de Ana Rosa Quintana, a la sazón periodista, que terminó por aceptar “problemas informáticos” en su ópera prima. Incluía páginas enteras de tres libros distintos. Toda una obra de arte.

Camilo José Cela

Pasemos ahora a los escritores de verdad. Los nombres que se han visto salpicado por estos escándalos son sorprendentemente importantes: Camilo José Cela consiguió el Planeta en 1994 con una obra sospechosamente parecida a otra que se presentaba al mismo concurso de una autora desconocida. El asunto sigue hoy sin aclararse del todo. Vázquez Montalbán fue condenado por una traducción basada a su vez en otra, de un filólogo que denunció los hechos y consiguió justicia con sus derechos intelectuales vulnerados. Un par de sentencias condenatorias por plagio tiene en su haber la autora Lucía Echebarría. El escritor peruano Bryce Echenique olvidó, según sus palabras, entrecomillar algunos textos que incluía una recopilación de artículos literarios. Seguirían algunos ejemplos más : ¡cómo están las musas!

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