Por la magia del escaparate, uno se acaba llevando el objeto que más brilla, el más perfecto. El de las cintas de colores. El que duerme en algodón. En la frutería, la mano coge la manzana bonita y deja la fea para el siguiente. Detrás de esa belleza hay máquinas que lavan, enceran y pulen la fruta para que reluzca.

Este tema me va a dar para mucho: ya hablamos de Patria como fenómeno de crítica y público. Quiero ahondar un poquito más. Detrás de las campañas de márketing y de la lucha por los primeros puestos, de las filas de firmas extensas, de los anuncios en los medios se esconden pequeños tesoros. Así en la Literatura como en todas las artes.

Fulgencio Argüelles con sus obras
Reportaje sobre el escritor asturiano Fulgencio Argüelles

Esta semana acababa El palacio azul de los ingenieros belgas del asturiano Fulgencio Argüelles. Me fue prestado en mano por alguien que lee más allá de los luminosos letreros, cosa que uno agradece siempre. Pues bien: Se me han quedado los bolsillos llenos de palabras. Y los ojos llenos de colores. Me permito ser quizá un poco cursi, pero su prosa poética bien lo vale.

Nalo, su niño protagonista, nos lleva de la mano por la dureza minera de Asturias en un tiempo igualmente duro, ya trabajado en muchas novelas : la Guerra Civil. El éxito, sin embargo, está en la dosis lírica de los personajes. Justa y efectiva. Irrumpen desde el inicio como si de un retrato familiar se tratase (el fallecido padre, la dolosa madre, la botella del abuelo Cosme, Lucía y su verso vivo…) pero, lejos de quedarse inmóviles, avanzan y evolucionan en un entramado histórico y emocionante. Más lo segundo que lo primero, así que no se dejen engañar por el contexto. Sensualidad, sabiduría, jardines y musas endulzan la lectura. No cuento más. Disfruten de la silicosis literaria que deja este pequeño regalo.

 

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