No sabría explicar el porqué de la fascinación que ejerció en mí la poesía de Lorca la primera vez que cayó en mis manos Romancero gitano. No lo entendía bien, porque era muy joven, pero me llegó de lleno al corazón. Como si  estuviera hablando para mí de algo profundo que  producía escalofríos. Es un tópico: lo amas o lo odias. Pues yo lo adoro.

Ahora hay una sutil corriente de infravaloración de este poeta por considerarlo superficial, ya sabemos que la literatura también son modas. En vida también sufrió ese rollo de poeta folklórico, andaluz, castizo, que detestaba.

Lorca Jaén.
Lorca en Jaén.

Creo que la poesía es un género de arte superior que solo está reservado a unos pocos, o a algunos  poetas en momentos de su trayectoria literaria, generalmente en su juventud, como ejemplo clásico Rimbaud. Luego, ese arte superior los abandona.

A Lorca no lo abandonó nunca en su vida. Primero en sus poemas de juventud. El Romancero, que ya he citado, se abre con el «Romance de la Luna, Luna», un aparente relato de la muerte de un niño, una descarga emocional y filosófica que  pone los pelos de punta. No importa no entenderlo en profundidad, te va llevando hasta alcanzar sensaciones bien hondas: esa Luna-Muerte que, de repente, se te planta delante, como al niño del poema, que eres tú mismo. Y baila para ti, la danza de la muerte, ¿o de la vida?. En todo caso, es probable que llores, como los gitanos y el aire que «vela» al muerto.

Este poema es solo una ínfima muestra de la poesía de Lorca. Poeta en Nueva York, otro de sus grandes libros de poemas, o su maravilloso teatro no hacen más que corroborar lo dicho: la fascinación que ha ejercido la obra de este poeta a generaciones de lectores está relacionada con ese algo indefinible que traspasa el corazón y el alma y que él llevó a cabo sólo escribiendo. Escribiendo con «duende».

 

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