¿Ha podido esta mañana afeitarse sin problema? ¿Maquillarse? ¿Arreglarse el entrecejo? ¿Comprobar las tenaces arrugas? Si la respuesta es afirmativa, está usted de enhorabuena. No es un vampiro. (En caso afirmativo, antes de asustarse pase una bayeta por la superficie. A mí me ha pasado los días de ducha).

Entre otras conmemoraciones literarias, en este año que estamos dispuestos a clausurar, se han cumplido 120 años de la publicación de Drácula de Bram Stoker. El germen del libro no deja de ser curioso. A partir de un sueño entre maligno y erótico que tuvo el autor, en donde unas mujeres deseaban alcanzar amenazadoramente su garganta y los retazos de información sobre un conde rumano de extrema crueldad, Stoker construye las páginas que se han erigido como el arquetipo del vampiro.

Esta figura -nunca mejor dicho- inmortal tenía, desde su más inicial borrador, unas características que siguen vigentes:

  • Poder para generar pensamientos malignos
  • Ser capaz de ver en la oscuridad
  • Insensibilidad a la música
  • Los pintores no pueden pintarlo
  • No se lo puede fotografiar: sale velado o como un esqueleto
  • Nunca puede verse su reflejo en un espejo
  • Nunca come ni bebe.
El autor gótico Bram Stoker
Fotografía del autor Bram Stoker

Si bien no fue el primero en sacar a relucir los vampiros en el campo literario, su forma de plantearnos al conde y sus anhelos ha dejado una profunda huella literaria y artística. 

 Todo en la novela es romanticismo: la noche, la luna, la niebla, los sueños, el amor y la muerte. El despliegue psicológico de voces y cartas y diarios no son más que el reflejo de una época en la que lo sobrenatural adquiría un halo de atracción y miedo a partes iguales. La propia vida de Stoker encajó perfectamente en esos marcos. Su triste infancia, escasa de salud y recursos ya anticipaba un final también propio de su época : murió arruinado y enajenado en una humilde pensión londinense, señalando con miedo las sombras de su habitación.

Leyenda,realidad o ficción, lo que realmente importa es la creación de una figura literaria que sigue vivo y sediento de sangre, generando recreaciones y revisiones que, aunque con mayor o menor fortuna y respeto ( no tiréis de mi “crepuscular” lengua) sacian sus colmillos en esta ya mítica garganta.

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