Las flores del mal, el mítico libro de Charles Baudelaire, se publicó en 1857 causando una gran polémica en Francia. El autor fue demandado y se le hizo un juicio ese mismo año. En la sentencia contra él se decía: “Tiende a excitar los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor”. Se le impusieron 300 francos de multa, que fueron rebajados a 50. Esa multa le dolió terriblemente a Baudelaire en su orgullo. Debido a la incomprensión y la repulsa que provocó la primera edición del libro, lo reeditó en 1861, eliminando algunos poemas y añadiendo otros. Un siglo  después el Tribunal Supremo de Francia revisó su juicio, a instancias del gobierno, y “borró” la condena impuesta a Baudelaire. No se puede decir que la madre Francia no proteja a sus artistas aunque sea un poco tarde.

En todo caso, la fama de poeta maldito e inadaptado que le ha perseguido siempre se la ganó a pulso en su época. Sus relaciones con la prensa fueron desastrosas. Cuando intentaron ayudarle para que ganara algo de dinero (había dilapidado la fortuna paterna), ofreciéndole una serie de conferencias en Bélgica sobre temas literarios, no tuvo ningún éxito por lo que se dedicó a decir todo tipo de groserías y vulgaridades sobre el país y  sus habitantes.

Como muchos otros “malditos”, reunía, aparentemente, todos los tópicos: infancia traumatizante, drogas, incomprensión, rebelión juvenil, economía precaria con gastos incontrolados…rasgos que contribuyeron a forjar su personalidad e inadaptación, pero que fueron más una elección personal que una verdadera fatalidad. Lo que sí tenía,  como el resto de los poetas malditos, era una especie de pulsión suicida, sus comportamientos sexuales y adicciones lo llevaron a la muerte. Y, claro, un afán patológico de distinguirse, no quería ser una persona corriente: “No quiero la fama vulgar de una buena persona”-decía. Detestaba los dogmas, aunque era católico. Odiaba la hipocresía burguesa, pero le encantaba la buena vida. Un tipo contradictorio en todo, salvo en su poesía que abre los caminos de la lírica moderna, dando un paso de gigante desde su Romanticismo inicial hasta convertirse en  precursor del  Simbolismo y otras grandes tendencias del siglo XX. La generación Beat, los movimientos contraculturales de los años 60 le deben mucho a este genio francés.

Baudelaire solo respetaba una cosa: el arte, la poesía. Eso sí que se lo tomaba en serio. La conciencia del Mal, de la que habla en su libro, es la condición para convertirse en artista. Hay que adentrarse en las tinieblas del alma para llegar a lo más hondo del ser. Hay que desafiar todas las leyes establecidas como él hizo para ser un artista. Así lo entendía. Y así lo reflejó, por ejemplo, en este sarcástico soneto de Las flores del mal:

El muerto alegre

En una tierra crasa llena de caracoles
quiero cavar yo mismo una fosa profunda,
donde a mi gusto pueda meter mis viejos huesos
durmiendo en el olvido como escualo en la onda.

Odio los testamentos y odio las sepulturas;
antes que suplicar una lágrima al mundo,
viviente, yo prefiero invitar a los cuervos
a sangrar los salientes de mi inmunda carcasa.

¡Vermes! Negros amigos sin orejas ni ojos,
ved que llega a vosotros un muerto alegre y libre;
¡libertinos filósofos, hijos de lo podrido,

a través de mi ruina id pues sin que os remuerda,
y decidme si aún hay tortura para este
viejo cuerpo sin alma y entre los muertos muerto!

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