Anna Karenina, Madame Bovary y Ana Ozores, las tres adúlteras más famosas de la literatura mundial, han sido reivindicadas en ocasiones como unas adelantadas del feminismo, concepto que no se puede aplicar en su época. No hay nada de la liberación de las mujeres ni de la reivindicación de sus derechos. Tampoco se cuestiona la dominación de los varones sobre las mujeres ni la asignación de papeles según el sexo. Los principios básicos del feminismo no aparecen en estas novelas porque lo que interesa a sus autores es la representación real de una sociedad, la burguesía del XIX, con sus errores y aciertos. Lo que pretenden estos novelistas es captar la vida lo más ampliamente posible: mujeres y hombres con sus pensamientos más recónditos, ricos y pobres, oficios diversos, ciudades, calles, relaciones, todo cabe en el Realismo decimonónico. Los autores presentan cuadros de la vida y el lector opina sobre lo que se le presenta, siempre guiado por ese narrador omnisciente.

Volviendo a nuestras tres heroínas, en realidad, lo que las tres comparten es el aburrimiento, la frustración y un gran  deseo, que alimenta sus fantasías, de vivir de forma libre. Comparten también matrimonios de conveniencia con hombres a los que no aman y un cierto desprecio (muy acusado en el caso de Madame Bovary) a la institución del matrimonio y a la familia. En las tres obras subyace la crítica a la gran hipocresía social  de estos matrimonios y a los desastres que producen en las vidas de las mujeres que no logran adaptarse a las normas. Es lo que las tres representan, falta de adaptación social y, sobre todo, incapacidad para disimularla. Madame Bovary, la rebelde más enloquecida, lo explica varias veces: “Un hombre es libre, puede vivir pasiones, correr países, salvar obstáculos…Pero una mujer está privada constantemente de todo”. No es feminismo, es rebeldía ante la constatación de una situación injusta. La única solución que se le ocurre es un consumismo exacerbado que no puede permitirse porque pertenece a la pequeña burguesía que odia y desprecia. Es la ilusión de ser rica, algo que añora y desea fervientemente. Gastar para olvidar su vacío existencial. Es una adicta a las compras, como muchas otras mujeres de todos los tiempos. Y luego están los amantes. Otra forma de darle emoción al aburrimiento de sus vidas. Pero en los tres casos las aventuras galantes se les van de las manos: amantes que no están a la altura de sus deseos, amantes cobardes, amantes que las abandonan. Más frustración.

Y es que, en el fondo, las tres siguen dependiendo de los hombres para su salvación. No  confían de sí mismas. Esto las llevará a la catástrofe final, Anna Karenina y Madame Bovary se suicidan y Ana Ozores se queda sola, condenada al ostracismo en una sociedad que la rechaza y la humilla.

Las tres representan el destino cruel de muchas mujeres a lo largo de todos los tiempos. No son feministas pero sí son un ejemplo de lo que las mujeres del mundo no quieren ser.

Ellas a su modo lucharon por cambiar su destino. Quizá no fue la mejor manera pero ni sabían otra ni su sociedad estaba preparada para ello. No lo consiguieron y pagaron un alto precio por su atrevimiento.

Son los mismos problemas que siguen afrontando muchas mujeres en diferentes lugares del mundo. Desgraciadamente, ni siquiera nos tenemos que ir al llamado “tercer mundo”, las tenemos al lado, todos los días.

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