La humanidad debería llevar la vergüenza dentro hasta el final de sus días. En el año 1940, la escalada de terror impuesta por Adolf Hitler y el nazismo comenzaba a construir uno delos grandes emblemas de su infamia. Situado en la confluencia de los ríos Vístula y Sola, en la alta Silesa, varios campos de concentración y un campo de exterminio se levantaban con el nombre de Auschwitz. Una palabra que todavía hace que se nos encoja el corazón.

Era el orgullo del comandante en jefe de las SS y posterior ministro del Interior del Tercer Recih, Heinrich Himmler. Según él, se trataba de la solución final al “problema judío”. Así, hasta 1,3 millones de personas eran internadas en el pazo de los cinco años que estuvo en funcionamiento. De ellas, menos de 200.00 lograrían sobrevivir. Más de 1,1 millones de judíos, gitanos o testigos de Jehová perdían la vida. De hecho, convendría más decir que la vida les era arrebatada de la forma más cruel a todos ellos. 

Paredes de Cámara de Gas de Auschwitz

Si un epicentro del horror tenía Auschwitz, ese era sus cámaras de gas. En ellas se introducía a unos prisioneros que fallecían a consecuencia de la emisión de Zyklon B, un insecticida concentrado que los nazis utilizaban para el exterminio. Cada día, las cámaras de gas de Auschwitz arrebataba la vida a centenares de personas. Hoy, el lugar se ha convertido en símbolo de la vergüenza y del dolor. Sobre todo, porque ni el tiempo ha sido capaz de borrar huellas tan sobrecogedoras como las del interior de una de las cámaras que siguen en pie. Y es que en las paredes todavía se pueden los arañazos de los prisioneros que trataban de huir en medio de la agonía. El dolor grabado de forma perenne en un muro y en una instantánea.

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