Hay ciertos géneros cinematográficos que, tradicionalmente, nunca han gozado del respeto merecido. La comedia siempre ha sido el paradigma a este respecto, pero puede que la auténtica damnificada sea la animación. En algún momento, alguien tendrá que ponerse serio y darle un Oscar a un filme de esos llamados “infantiles”, ya que muchas de las obras maestras de nuestro tiempo caen por ese lado. Coco sería una buena oportunidad.

La Bella y la Bestia, El Rey León, Wall·e, Up… Todas y cada una de ellas son piezas fundamentales de la historia reciente del cine. A ellas se añade ahora Coco, un filme a la altura de las mejores cintas de la factoría Pixar y la obra más potente que hemos visto en mucho tiempo.

Coco

Ya desde su arranque, Coco se marca una lección magistral de narrativa. Si en La Bella y la Bestia se utilizaban celosías para ponernos en contexto una larga historia, en esta ocasión se recurre a banderitas festivas. Sutil, directo y brillante. Es la carta de presentación de una película que nos coloca un nudo en la garganta desde el final de su primer acto hasta la conclusión. Y es que el viaje emprendido por el joven Miguel es de los que llegan al alma. La tradición mejicana, los sueños de un niño y la Tierra de los Muertos ofrecen la excusa ideal para hablar de un sentimiento mal ajustado en nuestros corazones: La pérdida. Para colmo, el espectáculo visual es de esos que no se ven todos los días.

Coco

“No sé qué tienen las flores, llorona, las flores del campo santo. Que cuando las mueve el viento, llorona, parece que están llorando”. Así cantaba Chavela Vargas su particular versión de La Llorona. En la ya cansada mirada de Chavela había nostalgia y tristeza, pero su voz rota todavía se permitía mostrar orgullo y energía. Todo eso parece haber impregnado a Coco, una película cuyo único defecto es que se acaba. Y es que hacía mucho que no se veía tanta magia en una sala de cine.

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