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¿Cómo un documental familiar puede convertirse en una obra de arte? Esto justo es lo que sucede con Muchos hijos, un mono y un castillo. Simplemente es pura fantasía.

A veces hay proyectos que nacen de la insistencia y la visión de ciertas mentes que ven magia donde otros solo ven cotidianidad. Este es el caso de Muchos hijos, un mono y un castillo, un documental que nace sin pretensiones de ser un gran referente sino de contar una historia y, que a primera vista, podría parecer incluso simple. Pero que casi sin quererlo se transforma en una joya del género.

El director Gustavo Salmerón se arriesga a hacer un retrato de su familia durante un periodo de tiempo de unos cuantos años. Para ello cuenta con un personaje principal en el que recae todo el peso de la historia, pero que puede con eso y mucho más. Estoy hablando de Julia la madre de director y protagonista de la cinta. Un personaje que podría estar sacado de una película de Almodóvar, pero que consigue atraparte desde el comienzo mientras moja sus galletas en leche, desayunando tranquilamente.  En ese mismo instante que te enamores de ella.

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El documental está rodado de una manera casera. Casi parece más una película familiar que un documental. Sin embargo, esto no desmerece la cinta en absoluto, sino que remarca el carácter familiar e intimista del conjunto. El director sabe conjugar muy bien los momentos más dramáticos con otros mas cómicos, consiguiendo dejar un buen sabor de boca. No es de extrañar que Muchos hijos, un mono y un castillo este arrasando en multitud de festivales con incontables selecciones y premios. Esta película se ha convertido en todo un referente que además nos regala personajes maravillosos y que sabe combinar una historia familiar con un surrealismo mágico. Sin duda, nos encontramos frente al documental del año.

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